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Miles de años después #cienciaficción @zendalibros.

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(Miles de años después).
Los resultados del análisis de las muestras obtenidas eran concluyentes: Incompatibles con la vida en un intervalo no inferior a unos miles de años. Los datos certificaban que la radiactividad residual no era ningún fenómeno debido a la naturaleza propia del universo, era artificial sin duda, y esto lo desconcertaba.
Con la luz de la estrella retornó al planeta, se quitó la protección de sus extremidades y aún a riesgo de ser dañado palpó aquella zona una y otra vez. Aplastó la superficie arenosa y permaneció atento, como a la escucha.
Una tristeza extrema lo inundó, lo invadió por completo.

Reconocer el sentimiento le provocaba una enorme curiosidad. Era consciente de que sus  ancestros adolecían de este problema, condicionado su existencia, pero consiguieron manipular estas alteraciones, garantizando así su perdurabilidad como especie. En un impulso se desprendió del traje, poniendo en contacto la totalidad de su cuerpo con la superficie terrosa. La zona de contacto era mayor percibiendo perfectamente la aflicción que emanaba a pulsos, bombeante.
De repente captó algo diferente, una visión se unía al estímulo en forma de sentimiento.
Era un ser pequeño, de toda su fisonomía una especie de globos brillantes captaron su atención.
Estaban fijos en él, como si pudieran verlo, como si tuvieran la certeza de que era observado; notó el dolor de aquel ser allí atrapado.

(Miles de años antes).
-La hemos citado para comunicarle el resultado del informe orientador del centro acerca de las extraordinarias capacidades de su hijo- sentenció el director sentado en la mesa de reuniones del despacho acompañado por el jefe de estudios y el psicólogo del colegio.
La madre apretaba las manos humedecidas, en espera de que aquella conversación hiciera luz en la oscuridad que suponía para ella algunos aspectos desconcertantes que venía observando en su pequeño.
Tomó la palabra el orientador:
-El informe es concluyente: su hijo es superdotado, pero he de matizar que además posee una extraordinaria capacidad para captar detalles que al resto no son invisibles o inaudibles, tiene conocimiento de hechos pasados como si los hubiera presenciado y me atrevería a afirmar que incluso futuros; es particularmente sensible a percepciones que ni entendemos ni somos capaces de imaginar siquiera. Debería ponerse en contacto con un centro especializado, aquí le dejamos la dirección.

Le acercó una tarjeta con una dirección y un logo.

-Este colegio no es el sitio adecuado para su pequeño.

La despidieron aliviados.

Ya en casa sin mediar palabra el pequeño se dirigió a su madre:
-Mamá- acabó por decir- ¿De verdad no hay solución para el ser humano? ¿Estamos abocados a acabar de una forma tan cruel?
-¡No sufras mi amor! no va a pasar nada, yo estaré siempre a tu lado, cuidaré de ti.
-Y a los demás, ¿también podrás cuidarlos?- afirmó enmudeciendo de golpe.
-Martín, no digas eso.

-Mamá, sé lo que va a pasar, no hay forma de parar lo que ya está en marcha.

Hacía meses que los medios de comunicación, discretamente, relataban lo terrible de la situación. Con órdenes precisas para no alarmar ni sembrar el pánico, destilaban con cuentagotas pinceladas sobre el despliegue de tropas y armamento que se estaba llevando a cabo por los bandos.

Martín conocía de antemano cada una de las acciones que tendrían lugar, visualizaba lo que en poco tiempo sucedería inevitablemente, y lo más traumático para él, es que era consciente de que no podía hacer nada. Solo un curioso pensamiento lo evadía de tan terrible escenario: se sentía observado.

Atendiendo al cariz de su naturaleza, sabiéndose  diferente, decidió que recurría a sus  peculiaridades para  intentar hacer algo, por muy disparatado que fuera.

Dejó brotar de su interior  un quejido inaudible que descompuso  la serenidad de su rostro, como si con el sonido fluyera también parte del problema que lo atormentaba, viajando simultáneo contenido entre las ondas.

 

(Miles de años después)

-¡Ayúdame a parar esto!

-¡Ayúdame a parar esto!

Pegado al suelo y paralizado intentó erguirse, no le fue fácil, estaba adherido a la superficie. Cuando la visión desapareció, consiguió despegarse y volver a la nave sometiéndose a una regeneración,  una especie de reseteo, de reinicio que le permitía liberarse de cualquier alteración debida a las misiones exploratorias.

Por el inmenso panel frontal de la nave contempló reflexivo la belleza perturbadora de aquella masa planetaria, quiso imaginar cómo podría haber sido la vida allí tiempo atrás, miles de años antes de la radiación. Imaginó otros seres, con aspectos parecidos al de su visión, capaces de emitir sensaciones en espectros diferentes.  Una hipótesis extravagante empezó a rondar por su mente: el ser que se estaba comunicando con él, a pesar de su simpleza  sabía cómo manipular el tiempo, dedujo que había sido capaz de fijar una llamada de ayuda en una especie de canal, frecuencia o franja solo manipulable a una escala incluso desconocida para él. ¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo era posible que tuviera conocimientos tan avanzados, incluso superiores a los suyos? ¿Sería posible tal vez una simultaneidad temporal entre instantes tan alejados  o solo se trataba de un mensaje retenido, en bucle, bombeado  a la espera de un receptor?

En cualquier caso no intervendría, no retornaría de nuevo a aquel lugar, sus misiones eran de tipo exploratorio: recoger muestras y confirmar la ausencia o existencia de vida, limitándose en este último caso a la observación. Volvería a la base, comunicaría hallazgos y se mantendría a la espera de órdenes.

Antes de marcharse se detuvo a contemplar de nuevo la increíble belleza del paisaje desolado. De nuevo lo invadían dudas: ¿cómo explicaría a sus semejantes que había percibido un sentimiento, que había sido invadido por una sensación de tristeza si no lo entenderían? ¿Qué le había sucedido a él para poder percibirlo?¿qué tipo de ser era ese capaz de manipularlo?

 

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La maestra Encarna. (Nueva parte)

Tendría siete u ocho años el día que mi madre me mandó por primera vez a casa de Encarna. No iba sola: mi hermana dieciocho meses mayor que yo me acompañaba; sobre ella recaían mi custodia y salvaguarda.
Llevábamos instrucciones precisas sobre lo que debíamos decir. Mi madre en aquella época era muy estricta cuando daba una orden, posteriormente los años y los distintos accidentes la dulcificaron, relevándonos como centro de atención.
Encarna era menuda de todo, de tamaño, de carnes, de envergadura pero no de años, rondaba la setentena aunque puede que fuera más joven, las vestiduras y esa sana asimilación de la edad que resta importancia al aspecto la hacían parecer mayor a mis ojos.

La habitación-taller la encontrabas a mano derecha del pequeño recibidor que distribuía la casa, cientos de telas se repartían de forma desordenada, caótica, sobre cualquier objeto que sirviera de apoyo. Si mirabas al suelo, los trozos de tejido que se descolgaban de sus tijeras formaban una especie de tapiz geométrico similar al dibujo de un azulejo hidráulico.
Nos quedamos en silencio esperando a que Encarna nos invitara a iniciar conversación. Ajena a todo, se concentraba en el trazado rectilíneo hecho con jaboncillo claro sobre tejido oscuro, terminó la trayectoria con una curva dando forma a la sisa. Cuando recortó el dibujo , dobló la tela sujetándola con un alfiler, a continuación levantó la mirada dirigiéndola hacia nosotras.

-¿Y bien, que hacen ustedes por aquí?.
-Buenos días maestra Encarna, que dice mi madre que si tiene a bien tomarnos como aprendizas en su taller, dice también que no se preocupe por la paga, que ya vamos sobradas con que nos enseñe- recitó mi hermana de memoria y sin titubear.
Nos hizo gestos para que nos aproximáramos, una vez frente a ella tomó las manos de mi hermana revisándolas cuidadosamente, continuó haciendo lo mismo conmigo.
-Ando escasa de trabajo y ahora mismo no me viene lo que se dice bien-pero… tras reflexionar un momento añadió- pero si os mostráis diligentes y con dotes puede que os admita. Empezaréis planchando costuras, mañana a la seis y media aquí.

Era noche cuando llamamos a la puerta, al entrar la maestra nos saludó adormilada:
-Buenos días, pasad por aquí- nos ubicó en el hueco de la escalera que se encontraba frente al recibidor.
-Buenos días maestra Encarna- recitamos a dúo.
Se giró y nos miró de nuevo de arriba a abajo contemplándonos indecisa.
-Ayer olvidé preguntaros el nombre, sería bueno saber cómo dirigirme a vosotras.
De nuevo mi hermana habló por las dos.
-Yo me llamo Manuela, Juana mi hermana- no pudo evitar que tras nombrarme un bostezo matutino le descolocara la boca.
Encarna sonrió tornando de inmediato el gesto para recalcar la importancia de lo que tenía que decir:
-La plancha es un asunto delicado, si se calienta en exceso puede quemar el tejido y si está muy fría perderéis el tiempo, otra cuestión importante es mantenerla limpia para que no manche de cenizas el tejido. ¿Está claro?.
Sin muchas ganas tomó varios trozos de tela indicándonos con su ejemplo como colocar la prenda para que el planchado fuera efectivo y la costura tomara asiento.

Todavía recuerdo el dolor de las quemaduras cuando miro las pequeñas cicatrices camufladas entre las manchas, surcando mis manos. Mi hermana intentó limitar por todos los medios mi tiempo con la plancha, pero cuando Encarna asomaba por la puerta, se descomponía en gestos para que la maestra me contemplara desenvuelta en el ejercicio de mi labor.
Así pasamos un año creo, por aquel entonces no era consciente de cómo corría el tiempo. La tarde que Encarna llamó a mi hermana y le propuso empezar a hilvanar yo asomaba un palmo más sobre la mesa de planchar. Ese día mi hermana pasó a la habitación-taller, auxiliando a la maestra en algunos momentos.
Yo era diferente a mi hermana, mi curiosidad había sido reprimida con constantes alusiones al despido o a una reprimenda con castigo físico. Ello no impidió que me percatara de la estrafalaria maniobra que Encarna realizaba un par de veces al día en la cocina.

La soledad me aburría o puede que fuera la rutina de estar siempre planchando costuras, debió de notarlo porque al poco se acercó y me dijo.
-Planchas bien Juana, mucho mejor que tu hermana, prueba con esto-y me pasó un vestido azul de hechura sencilla. El cuello sin apenas escote, estaba adornado con dos encajes de bolillos sobrepuestos. No me pareció gran cosa, “unos simples retoques hubieran logrado un efecto más favorecedor”, me dije mientras lo dejaba caer sobre mi cuerpo sobreponiéndolo a mi ropa.
En cierta forma ascendí, tras el vestido llegaron pantalones, faldas, chaquetas. Pasé mucho tiempo en aquel rincón claustrofóbico, mi forma de medir el tiempo eran los centímetros que separaban mi cabeza de la mesa de planchar.
El volumen de costura aumentó de un día para otro a la par que aumentaban las extrañas visitas de Encarna a la cocina. Ya no era tan cuidadosa como al principio, aunque seguía realizando curiosas maniobras hasta desaparecer y volver a aparecer apenas unos minutos después.

Estaba sobrehilando costuras cuando llamaron a la puerta. La modista me hizo gestos para que abriera, una señora muy elegante preguntó por Encarna, la hice pasar.
Revisó con la mirada el taller, torció la boca, no pareció agradarle mucho la estancia o puede que nuestro aspecto.
Tras un incómodo silencio la maestra habló:
-Buenas señora, ¿puedo ayudarla en algo?, ¿necesita un vestido, enaguas o ropa interior quizás?
-Me manda mi señora, la baronesa de Ocaña, necesita de su ayuda.
Encarna no daba crédito a lo que estaba escuchando, decidió actuar con normalidad.
-La señora baronesa tiene una fiesta en pocos días y la modista que habitualmente trabaja para ella está enferma, en el pueblo todos hablan muy bien de su quehacer y ha decidido darle una oportunidad. Mañana sin falta a eso de las diez la espera en su casa. No llegue tarde.
-Allí estaré, no tenga cuidado.
Volvió a torcer la boca antes de marcharse airadamente, lo que hizo que impregnara la estancia con un perfume que me produjo dolor de cabeza por toda la tarde.
Recuerdo el día con nitidez, por ese hecho y porque tras la visita noté una punzada en la zona baja de la barriga que me hizo descomponer el gesto. Mi hermana me miró preocupada mientras yo me movía incómoda en la silla.
-Estoy mojada- le dije -necesito ir al baño, algo me pasa.
-No te preocupes yo te acompaño- y buscó entre los retales un trozo del tamaño de un pañuelo.
Manuela me susurró como si me contara un chisme, lo que me estaba pasando, lo que me pasaría de ahora en adelante de forma periódica, sin dar más que los detalles necesarios. Estoy segura que no sabía mucho más de lo que me acababa de contar.

Encarna marchó llevando a mi hermana con ella. Manuela había dejado de ser aprendiz hacía mucho tiempo, era pulcra y eficaz con pespuntes, vainicas, bordados…
La maestra intuyendo el potencial que tenía entre manos no se demoró en instruirla en la parte más ardua de su formación: el patronaje. Comenzó cediendo las tijeras en los cortes sencillos, aumentando por día la dificultad; una vez dominada esta parte, para la siguiente tenía claro que el ingenio y la creatividad tenían mucho que decir.

Yo progresaba algo más despacio que mi hermana. Encarna me recriminaba la falta de delicadeza en mis costuras:
– La limpieza en la confección de cualquier prenda debe quedar patente del derecho y del revés. No descuides nunca los puntos que no quedan visibles, eso dice mucho de la modista que lo ha confeccionado. No lo olvides Juana, la prenda ha de quedar curiosa por ambos lados.
Yo lo intentaba, pero mis ojos se marchaban sin querer tras los patrones. Ese dibujo de jaboncillo sobre el género, que daría lugar a una forma tridimensional una vez en las manos maestras.
Cuando se hubieron marchado, y siendo la primera vez que me quedaba sola, no tuve dudas en lo que me dispondría a hacer: averiguar lo que la modista ocultaba en la cocina.

Me di prisa en terminar mi tarea, no quería que a la vuelta Encarna notara dejadez en mis obligaciones. Forré el último bajo de una falda de raso verde acampanada, planchándola del revés con sumo cuidado de no estropear el tejido. Una vez colocada sobre la percha, me sacudí los hilos para no dejar restos en la cocina.
Había entrado muchas veces, casi siempre en compañía de Encarna y cuando no era el caso, bajo la segura sospecha de que me observaba con el rabillo del ojo. Sabiéndome vigilada no osaba en demorarme más de lo necesario pues enseguida aparecía tras de mi con cualquier excusa.
Me situé en el centro y la recorrí con la mirada, nada me llamó la atención. Era una cocina humilde y desprovista de enseres y muebles. Una chimenea servía de calefacción y de hornilla para cocinar. Un fregadero con poyete de piedra frente al hogar y una mesa con una silla en el centro. Colgadas en el techo restos de calabazas y unos pocos utensilios de cocina dispersos y desordenados. No había comida, la maestra era de poco comer para no alentar la pereza. Pizcaba de vez en cuando, invitándonos a hacer lo mismo y evitar demorarnos en el trabajo.
No encontré nada raro, ni imaginaba siquiera como lo hacía para desaparecer a lo largo de las largas jornadas. Volví a recorrer de nuevo la estancia, observando con más detenimiento, intentando encontrar algo que me llamara la atención. En esta segunda vuelta tropecé casi sin querer con unas cortinillas que tapaban la parte inferior del fregadero. Me acerqué despacio y levanté con cuidado la tela de cuadros rojiblanca que cubría la cavidad. Unas escaleras rocosas descendían bajo el fregadero, me agaché y las seguí.

Una puerta vieja y desvencijada cerrada con un cerrojo de hierro de enorme proporciones apareció tras el último escalón. Me costó dar con la serie de movimientos ascendentes y descendentes que lo descorrían. Sentí miedo, no sabía qué me podía encontrar tras la puerta, temía que escondiera algo macabro, llevaba años imaginando este momento, inventando en mi cabeza posibilidades, unas más reales que otras. ¿Qué podía ocultar una mujer de su edad, que siempre había vivido sola, en lo que parecía una habitación bajo un fregadero? Algunos días me daba por pensar que ocultaba un taller clandestino lleno de chicas como yo, cosiendo escondidas, privadas hasta de la luz del día. Pero Encarna no, era seria y poco conversadora pero no podía tratarse de eso, entonces me decía a mí misma, “quizás oculta una alacena llena de comida y desaparece para que no la veamos comer, para no compartir bocado”. ¿Ocultaría dinero?, jamás nos dio una moneda con la que agradecer nuestro trabajo, ni siquiera los días de fiesta.
Andaba soñando despierta, el temor a dar el paso me hacía recapacitar y sopesar escenarios tras el portón, no vi el último escalón tras la puerta y caí de boca al suelo perdiendo la consciencia. Cuando desperté era de noche, me asusté levantándome al instante, cerré la puerta y volví al taller, por suerte no habían regresado todavía.
No me percaté del morado en mi cara, Encarna y Manuela si lo vieron.

Tuve que devanarme la sesera en construir una estúpida mentira que justificara la coloración de mi rostro. Un descuido con una de las baldosas levantadas de la entradita, que en más de una ocasión nos hizo resbalar, parecía no convencer del todo a Encarna que con cara de pocos amigos empezaba sospechar que no decía toda la verdad.
– A la baronesa de Ocaña le han encantado las propuestas de la maestra, tendremos trabajo asegurado para una buena temporada-dijo Manuela intentando desviar la conversación y dar el tema de mi caída por zanjado.
Encarna sonrió emocionada, en los años que llevábamos trabajando juntas jamás noté esa contenida alegría que dio una forma desconocida a la comisura de sus labios, comprendí que algún día debió de ser una mujer hermosa, muy hermosa. La penumbra de las noches seccionó parte de la agudeza de unos ojos que hasta ese momento no se mostraron tal como debieron ser un día, exquisitamente bellos.
-Tendremos que trabajar duro para satisfacer a la baronesa, esto no va a ser un camino de rosas, pero si sale bien, tendréis el sustento garantizado y el de vuestra familia.
Manuela y yo no pudimos disimular la alegría de saber que podríamos recibir recompensa por nuestro trabajo.

Un par de días después y tras muchos preparativos: Renovamos por completo los costureros, llevamos a afilar las tijeras, encargamos los encajes, adornos, florituras, estaba todo listo para la siguiente visita a la señora baronesa.
Encarna propuso ir esta vez las tres, dudé si lo hizo por no dejarme sola o si de verdad me necesitaba en los menesteres que se avecinaban. Me sentí feliz, cualquiera de las dos propuestas suponía una salida de la monotonía que ocupaba mis días, así que andaba de un lado para otro entusiasmada, sonriendo sin motivo y tarareando canciones de las que oía a mi madre y a mi abuela:

“Ya se ocultó la luna, luna lunera,
Ya ha abierto su ventana la piconera,
La piconera mare y el piconero,
A la tierra cantando con el lucero
Ya viene el día, ya viene mare,
Alumbrando sus claras los olivares…”

La maestra me sacó de mi canturreo cuando me dijo:
-Manuela no te extravíes y ve preparando un par de vestidos en condiciones para ti y tu hermana, debemos ir presentables.
Cuando me vi a la entrada del palacete de la baronesa, aseada y con un vestido azul marino entallado y discretamente adornado con una picaruela celeste al escote, me sentí la persona más feliz sobre la faz de la tierra. Miré orgullosa a mi hermana que lucía diferente, acostumbrada a ir con el pelo recogido en un roete, ahora dejaba caer su larga melena rojiza sobre su espalda, recogiendo los mechones delanteros con dos horquillas a la nuca. Vestía igual que yo, así lo ordenó la modista, quería que fuéramos uniformadas para dar sensación de profesionalidad a nuestra distinguida clienta.

Tuvimos que esperar a que la baronesa llegara, Encarna nos indicó que colocáramos las artes de costura de manera que todo se hiciera más fácil. La habitación donde pasaríamos largas temporadas era amplia y estaba bien iluminada por dos ventanales, entre ellos una vitrina con figuritas de porcelana. No era una habitación principal, más bien parecía una extensión para el uso del servicio y otros menesteres no adecuados a la vida social.
-Buenos días, Encarna y señoritas- dijo la baronesa en tono cordial tras cruzar la puerta.
Le hicimos una ligera reverencia. Encarna se acercó a ella y le dijo:
-¿Ha decidido la señora baronesa qué opción le parece mejor para la fiesta?- y esperó a que doña Leonor, que así se llamaba, le contestara.
-Voy a seguir tu consejo, no sé por qué pero me inspiras confianza, espero no equivocarme y errar con la decisión. Que sea lo que tú propusiste.
-Entonces, ¿le parece bien a la señora modificar por completo el modelo rojo carmesí de su vestidor, transformando el escote, quitando los abalorios que lo aturullan y aligerando la hechura de la falda? Va a quedar muy elegante.
Doña Leonor no parecía convencida del todo, pero no quedaba tiempo para confeccionar un modelo nuevo desde cero, saldría del paso en esta ocasión aprovechando para proveerse de unos cuantos vestidos para el incipiente invierno.
Apenas dormimos en los tres días que duró la remodelación del vestido rojo. Jamás hubiera imaginado que Encarna fuera capaz de modificar un vestido, transformándolo en otro totalmente distinto con semejante resultado. Cuando doña Leonor se vistió momentos antes de la fiesta en presencia de todas, adornando su pelo con un tocado confeccionado con el tejido sobrante del vestido, sonrió feliz.
-Me siento más joven, Encarna, nunca antes me había sentido tan favorecida con una prenda como en el día de hoy. Os felicito a todas, pero sobre todo debo mencionar que jamás hubiera imaginado este resultado, es diferente a todo lo que he visto hasta ahora, tiene un aire moderno que me entusiasma.
Cuando salió por la puerta nos volvimos a casa, la maestra nos dio un par de días libres que aproveché para dormir y pasear, al día siguiente volvimos al taller a preparar los encargos. Encarna nos propuso turnarnos por días para no dejar abandonado del todo el taller, yo acepte encantada, no había logrado alejar de mi mente qué podría ocultarse tras el portón.

Mi hermana se quedó a cargo del taller yo acompañé a la modista al día siguiente. Encarna llevaba una especie de maletín confeccionado por ella, lo transportaba con ligereza lo que me hizo pensar que no era materia pesada lo que contenía.
-¿Qué lleva en el maletín?-pregunté ingenua.
-Ya lo verás cuando llegue su momento, no seas impaciente Juana.
La baronesa nos hizo esperar una hora, Encarna aprovechó para terminar un bordado, a mí me indicó que desembalara el género que había sido encargado a Madrid para los vestidos de la nueva temporada. Quité las cuerdas que rodeaban los rollos y a continuación, con ayuda de unas tijeras rasgué el papel de estraza que los cubría.
Casi todas las bobinas de tejido eran de seda brocada en diferentes colores: Fondo rosa palo con bordados de hojas en plata, fondo perla con bordado de flores en tonos verdes oliva, grana y azul cobalto, fondo gris plata bordado en turquesa. Nunca había trabajado con brocados de tanta belleza, aproveché para acariciar la tela. Encarna levantó la mirada y se acercó sorprendida, me siguió en los gestos perdiéndose en el deleite de acariciar tanta hermosura. El resto de rollos eran algodones y linos claros.
-Me alegra que ya conozca los tejidos que he elegido para el armario de invierno, espero contar con su aprobación.
-No dude señora que más bellos no los he visto en mi larga vida. Con el permiso de la señora me permito mostrarle las hechuras que había pensado en mi cabeza y que conforme al diseño de sus caderas y el volumen de sus pechos creo que le harán más favor a sus encantos.
Y de su maletín sacó unos recortes de tela blanca, donde había dibujado con jaboncillo oscuro y pocos pero precisos trazos, los detalles de los modelos que en su cabeza ideaba para la baronesa.

La baronesa contempló los trozos de tela con los dibujos.
—Si hay algo que lamento es no haberte conocido antes, tienes una forma muy particular de ver los diseños, eres capaz de hacer arte con las telas.
—No diga eso, señora, que yo solo la miro a usted e intento imaginar cómo luciría mejor.
—¿Qué me aconsejas que haga?
—Si me permite, con el brocado rosa yo elegiría el diseño con el corte bajo el pecho, dejando las mangas a medida del codo prolongando con encajes plateados hasta la muñeca. La falda de media capa la desprendería de adornos, la tela es sobrada en belleza y posee suficiente caída para no necesitar cancán. No se preocupe por el escote, amplio y despejado punteado con el encaje de las mangas. Y me reservo un adorno que todavía no tengo muy claro pero que será la pieza clave de este vestido. En cuanto al resto de las telas, necesito más tiempo para imaginar qué hacer con ellas, mientras confecciono el rosa le iré mostrando propuestas con diferentes posibilidades, si le parece bien.
La baronesa sonrió conforme, la miró complacida, la seguridad con la que la anciana planteaba soluciones la descolocaba. Le apetecía preguntarle cómo una mujer tan mayor tenía ideas tan modernas, tan originales, no quiso entrometerse y optó por guardar silencio.
—Vuelve a casa y descansa, mañana continuarás tu trabajo.
Mi hermana se afanaba con una vainica cuando llegamos. La maestra parecía cansada. Se sentó por primera vez en mucho tiempo, no hizo nada, cerró los ojos. Cuando los abrió dijo:
—Juana, ¿llegaste a entrar en el cuarto bajo el fregadero?
—¿Cómo dice, Encarna?— contesté con otra pregunta evidentemente nerviosa.
—No tengo intención de recriminarte nada, es solo por ahorrarme el trabajo de contaros lo que he aplazado sin motivo.

No llegué a entrar— me sinceré.
—Tras el tropezón con el último escalón, desistí de mis intentos en espera de mejor ocasión.
—No será necesario que esperes, en un rato saldrás de dudas.
Aquella tarde no nos habló la costurera, la maestra, la que se dirigía a nosotras era una amiga, una especie de madre orgullosa de sus hijas complacida de sí misma. Tras una vida llena de privaciones, de trabajo sin recompensa, escondía algo que daba a su mirada un peculiar aire de satisfacción.
—Nací en una familia numerosa y pobre. Mis padres se deshicieron de mi bien temprano, apenas recuerdo el calor de mi madre. Eran otros tiempos. Comencé fregando suelos, tengo clara en mi memoria la imagen de aquel cubo enorme de agua que arrastraba de un lado para otro, las llagas de mis manos, los temblores del invierno infinito.
La maestra Dolores se preciaba de ser la mejor costurera de aquella pequeña ciudad perdida entre olivos. De su taller, donde trabajaban más de treinta chicas recluidas de sol a sol, salían los más maravillosos trabajos que nadie pueda imaginar. Se bordaban ajuares con labores preciosas sobre lino blanco de damasco, o algodones perlados. Se fraguaban mantillas, entolando encajes entre tules, vestidos de novias con blondas de Guipur, Chantilly, Alencón.
Crecí entre ellas, aunque me fue negado el derecho a formar parte del grupo. Yo tenía que cocinar y fregar, esa era mi función. Moría de ganas de tomar una aguja, de pasar el día bordando primores, no pudo ser, durante un tiempo al menos.
Un día me planté ante la maestra, solté el cubo de agua y con un arrojo que desconocía le dije:
—¡Me tiene que dar una oportunidad!, yo sirvo para coser, me gusta, tengo un don maestra Dolores, me tiene que dejar demostrárselo, no volveré a hacer nada de lo que me pide sino me da una oportunidad. ¡Mándeme a la calle o haga lo que quiera conmigo!, pero no cederé. Déjeme por Dios sacar fuera lo que me atormenta, le aseguro que no la defraudaré.
La maestra tomó un trozo de retal y seleccionando de un costurero de vainicas, con más de cincuenta muestras diferentes, una al azar, me instó a realizarla.

Me senté en una silla al lado de la maestra contemplando con detenimiento la muestra, era una vainica de ochos dobles, la había visto hacer a las chicas alguna vez que otra. Los ojos son los mejores maestros, me dije, y repasé en mi cabeza los pasos que tendría que realizar en mi retal azulado.
Con sumo cuidado destejí la zona dejando solo la cortina de hilos ortogonales necesarios para en el paso siguiente, agruparlos y apuntarlos con una puntada arriba, dejando para la vuelta la puntada de abajo. Terminé mi trabajo sorprendiendo a la maestra con un hilo más grueso de un tono más claro para agrupar los ochos sobre la vainica previa.
Aunque refunfuñó un instante me dijo:
—Impecable, Encarna y muy pulcro, te has ganado tu puesto.
Desde aquel momento y hasta el día de hoy no he hecho otra cosa en la vida que coser. Apenas sé escribir, de números entiendo lo necesario para medir y contar, no he necesitado más, me las he apañado a mi manera
Lo que os voy a enseñar ahora no lo ha visto nadie, acompañadme por favor.
Cuando llegamos frente a la puerta, Encarna se giró:
—Tened cuidado con el escalón que hay tras la puerta, es muy traicionero- y soltó una carcajada por primera vez desde que la conocía, haciendo que me ruborizada, mi hermana se arrancó también a reír.

Bajamos y esperamos a que Encarna descorriera las cortinas para que la luz del día iluminara la estancia. Me llevé la mano a la boca en un intento por contener la emoción.
Una exposición de vestidos la recorría de un extremo a otro, me acerqué despacio para contemplarlos de cerca. Los había antiguos, con hechuras de otros tiempos que yo no conocía, actuales maravillosamente ejecutados y en una zona apartada, como queriéndolos ocultar, una serie de modelos que no pude encajar en mi cabeza y que Encarna tuvo a bien aclararme.
—Algún día nos desprenderemos de la pesadez de tanto tejido, estoy segura. Siempre he soñado con vestidos ligeros, fáciles de llevar y ejecutar. Probároslo, aunque solo sea por el placer de verlos lucir una sola vez.
Fue imposible negarse, Encarna estaba entusiasmada con la idea de vernos desfilar con ellos. No paraba de hablar, de indicarnos como debíamos colocarnos los vestidos. Cuando por fin terminamos sonrió satisfecha.
—Son perfectos, perfectos, caminad de un lado para otro que os contemple. —Lo cierto es que me sentí libre, casi como si fuera desnuda, ágil, elegante. Mi hermana me miró complacida, era una delicia sentir tal ligereza. Los talles caían a la altura de la cadera, en otros modelos las faldas se acortaban indecentemente hasta los tobillos, vaporosas, desprendidas.
-Súbete un poco la falda Juana, deja que se vean las rodillas-insinuó Encarna.
De manera descarada hice un pliegue con la falda en la cintura acortando de manera importante su longitud, dejando que mis piernas aparecieran como por arte de magia.
-¡Esta debería de ser la largura de este vestido para sentar bien, mostrando la belleza de unas piernas jóvenes !- gritó indignada la maestra.
Se giró contemplando despacio el resto de la sala.
—Esta habitación cuenta la historia de mi vida, es mi vida- y acercándose a la enorme mesa que ocupaba el lateral izquierdo nos animó a acompañarla. Abrió una pequeña cajita extrayendo un trocito descolorido de tela perfectamente adornado con una vainica.
—Este retal fue el comienzo, lo he guardado siempre con mucho cariño. A partir de ese día me propuse guardar muestras y explicaciones de todo lo que hiciera, de todo lo que aprendiera por si un día me fallaba la memoria.
La mesa, abarrotada por el peso de enormes libros confeccionados con telas a modo de muestrario, apenas podía sostenerse.
—Con solo mirar el lomo, se sabe qué tipo de muestras contiene, así ha sido como los he clasificado—y mostrando varios libros pudimos ver las labores hechas con punto de cruz, punto yugoslavo, bordados varios cosidos al lomo.

Guardo también encajes, pasamanerías y adornos que como un tesoro he ido acumulando para que me ayudaran a solventar la vejez, cuando ya no pueda valerme—y tirando de una enorme caja, nos mostró las maravillas que atesoraba. Encajes antiguos de bolillos, a la aguja, con motivos florales, geométricos, de un valor incalculable perfectamente clasificados por colores, grosores y tipos aparecieron en aquella caja perfectamente conservados. Encarna nos dejó tocarlos, sobreponerlos a nuestros vestidos para ver el efecto real sobre las telas. Durante un buen rato permanecimos entretenidas disfrutando de aquellas maravillas, conversando sobre adornos y tejidos.

De repente Encarna giró la cabeza.
—Las hechuras, las hechuras—repitió con nerviosismo—están aquí, mirad. —Quizás fuera lo más sorprendente de todo, verla dirigirse diligente a un enorme armario repleto de patrones.
Recorrí con la mirada de nuevo aquella habitación, tenía delante de mis ojos un museo.

Encarna continuaba excitada, haciendo aspavientos con las manos, dándonos multitud de explicaciones, no quisimos interrumpirla, se veía muy feliz.
—Yo me acerqué al armario donde guardaba los patrones perfectamente doblados. En la solapa de cada carpeta de cartón un dibujo ilustraba el modelo. Desplegué despacio el papel de seda visualizando atónita la complejidad de lo que tenía delante, allí permanecí en silencio intentando imaginar cómo encajaban las piezas de ese puzzle. Encarna me tocó el hombro.
—Mañana puede ser un buen día para empezar a enseñarte lo más difícil. Llegaréis a ser grandes costureras, eso fue lo que me propuse el día que os admití como aprendices y creo que lo he conseguido. Si la fortuna nos sonríe y la baronesa sigue contando con nosotras podremos hacer valer nuestro talento.

Hubo un antes y un después de aquel día. Encarna estaba más relajada, como si se hubiera quitado un peso de encima que la oprimiera, como si durante mucho tiempo hubiera temido mostrar un secreto que a ratos quisiera compartir y que a otros temiera mostrar por si pudieran arrebatárselo. Esa sala era algo más que reliquias almacenadas y catalogadas para asegurar una vejez digna: era todo cuanto tenía. Ahora, tras una vida de sacrificios, estaba segura que aquellas dos muchachas eran más importantes para ella que esa habitación. Estaba tranquila porque sabía que no moriría en soledad, que si cayera enferma, ellas la cuidarían, estaba segura que la querían como a una madre quizás más.
-La sangre une, pero no más que el cariño y el amor que a diario es ofrecido o recibido-me dijo mientras me acariciaba el rostro cuando intentaba explicarme meticulosamente la forma correcta de hilvanar un plisado.

Sin apenas darnos cuenta, cada vez pasábamos más tiempo en el palacete de la baronesa dejando de lado los encargos de siempre. Doña Leonor, siendo conocedora de la envidia que despertaba en las damas cuando se hacía presente en las fiestas, cada vez exigía a Encarna más astucia, de manera que entre las tres tramábamos las más disparatadas ideas que solían ser casi siempre bien acogidas.
Nos era permitido transitar con toda libertad por las salas de la servidumbre, pasear a horas determinadas por los jardines para poder ejercitarnos y descansar un poco de las intensas jornadas de trabajo.
El palacio debía ser asombroso en las estancias principales, los comentarios de las chicas que se encargaban de mantenerlo en perfecto estado nos permitían hacernos una idea de su distribución, dejando un poco a la imaginación aspectos relativos a la forma suntuosa en que estaba decorado.
Recuerdo con cierta felicidad la inquietud que sentía cuando se acercaba la hora del paseo. Trataba de disfrutar al máximo del aire fresco, estirando los brazos para desentumecerme de las posturas forzadas durante horas.

Fue en uno de los paseos cuando lo vi por primera vez, la templanza de la tarde invitaba a permanecer al aire libre. Caminaba cogido del brazo de una dama muy elegante de su misma edad, sonreían mientras conversaban animadamente.
El recorrido que nos era permitido se alejaba un poco de la zona central ajardinada, pero en ciertas esquinas permitía ver entre los setos algunos arriates llenos de rosales y buganvillias. En los meses que llevábamos allí jamás coincidimos con nadie durante nuestro paseo que no fuera del servicio. A las tres nos llamó poderosamente la atención aquella novedad, posteriormente supusimos que se trataba del hijo de la baronesa: el señor Íñigo, del que tanto habíamos oído hablar durante las probaturas de la baronesa y ella no cabía duda de que sería su prometida, Elena, la hija del duque de Monsares.
Lo cierto es que todo parecía perfectamente ideal, digno una novela romántica en la que la belleza se aliaba con la nobleza formando el tándem perfecto.
Permanecimos estáticas contemplando embelesadas la escena hasta que el señor se giró y nos sonrió, saludándonos agitando la mano.

Encarna me zarandeó para devolverme a la realidad porque por alguna extraña razón me quedé clavada en el suelo perdida entre pensamientos que me hicieron ruborizarme.
Mientras mi hermana se entretenía recogiendo margaritas, la maestra se acercó a mi. Perspicaz por naturaleza, notó la suave mueca, el embelesamiento y la rubicundez de mis mejillas.
-Querida niña, si aceptas mi consejo, que será el único que escuches de mi boca: “no malgastes un solo instante de tu vida en soñar con ese muchacho, solo conseguirás sufrir lo indecible”-me susurró al oído.
Agaché la cabeza, Encarna había escudriñado mi rostro desentrañando lo que ni yo misma entendía.
-Acepto su consejo, me quiere bien, jamás haría nada para dañarme sino todo lo contrario. Intentaré llevarlo a la práctica aunque no sé si lo consiga.
En ese instante me tomó del brazo, acariciándome la mejilla.
-Volvamos al trabajo.

En las noches sucesivas me fue difícil conciliar el sueño, lo veía sonriente en el jardín agitando las manos y mirándome. Esos ojos verdes, desvergonzados, se clavaron en mí haciéndome vulnerable, me volvieron transparente frente a él. Comprendí que debió notar mi flaqueza, percatarse de mi color, sentí vergüenza.
El volumen de trabajo me ayudó a soportar los días que fugaces se escapaban sin apenas disfrute, salvo las bromas que a menudo nos hacíamos con el resto de las chicas de la servidumbre, con las que manteníamos una relación cada vez más cordial.
Encarna a escondidas les regalaba enaguas o ropitas para sus pequeños, confeccionadas con los sobrantes de la señora y ellas a veces, nos daban a probar los pasteles recién horneados en el obrador de la casa.
El día en que la señora apareció sobresaltada, pletórica de felicidad, en la sala de pruebas fue el peor de mi vida.
-¡Encarna!, ¡la necesito!, mi querido hijo Íñigo se casa. Este será el trabajo más importante de su vida.- y dirigiendo la mirada hacia mi hermana y hacia mí continuó- y de la vuestra, queridas.

No dude señora que haremos todo lo que esté en nuestras manos para complacerla, lucirá el más hermoso vestido que hayan confeccionado estas manos.
-Encarna, quiero que ustedes se encarguen no solo de mi indumentaria, han de vestir también a los novios y al señor. No se preocupen que hay tiempo, hasta la primavera del año que viene no tendrá lugar el enlace, pero han de ir organizando los pedidos y esbozando propuestas. De ahora en adelante solo se encargaran de ese cometido.
La baronesa estaba agitada, nerviosa, antes de marcharse de allí se acercó a Encarna y con gesto cariñoso le dijo:
-Encarna, dejo todo en sus manos, confío plenamente en usted, espero que no me decepcione. Si todo sale como espero, prometo recompensarlas a todas.
-Se hará como desea-sentenció bajando la cabeza con cierta preocupación por la responsabilidad que estaba asumiendo.
En cuanto la baronesa marchó, pude dejar escapar un suspiro que llevaba reprimiendo desde el instante en que se abrió la puerta y anunció la más tristes de las noticias que ese día esperaba recibir. Después comprendí que tal vez eso sería lo mejor que podía pasar.

Todo se tornó en prisas y nervios desde aquel día. Encarna, sobrepasada al principio, demostró tener una capacidad organizativa fuera de lo común.
-Comenzaremos eligiendo los tejidos y todo el material requerido para aderezar los modelos, necesitamos que los pedidos estén aquí en no más de dos meses, mientras tanto, despejaremos la zona de trabajo e iremos planteando diseños. Vamos a tener que estrujarnos bien la sesera para que la baronesa quede contenta. Me temo que tendremos que pedir ayuda a la señora, quizás debamos contar con alguien de la servidumbre que nos asista en labores menores: hilvanados, sobrehilados…, que nos dejen centrarnos en los refinamientos, bordados, encajes y similares sobre todo cuando se acerque la fecha.
Cada vez admiraba más a esa pequeña mujer, que sin apenas ayuda era capaz de enfrentarse a retos que aparentemente la superaban. Esa admiración la profesaba también la baronesa, que depositó en ella su confianza para la ocasión más importante de su vida. Encarna marcó un calendario aproximado para establecer un ritmo de trabajo adecuado que nos permitiera llegar en fecha, decidió cuándo serían las probaturas y qué se confeccionaría primero. En este sentido programó en primer lugar las vestimentas de los señores, a continuación la baronesa y finalmente el traje más importante: la novia.

La baronesa aparecía intermitentemente, interesándose por nuestros progresos en los diseños, algunas veces le acompañaba Elena, que le ayudaba a tomar decisiones con los patrones o con los tejidos. Yo la miraba escrutando su rostro, su pelo, su figura. Me dolía que fuera tan hermosa, que aparentemente no mostrara defecto alguno, que ella ocupara el corazón del joven señor que me hacía desvelar en las noches. En todas sus apariciones se mostraba cortés pero distante con nosotras, hacía notar la distancia que nos separaba, que colocaba a cada una en las antípodas del estatus social. Percibí un cierto desprecio soterrado hacia mí, como si ella también hubiera notado aquella tarde la mirada furtiva, intensa que me dedicó el joven Íñigo, intuyendo algún interés malsano del señor hacia mi persona. Por la forma en que me miraba, interpreté que ella también me analizaba de alguna manera.

Mi hermana Manuela fue la encargada de tomar las medidas al barón, Encarna lo decidió así puesto que nunca habíamos confeccionado ropa masculina y comprendió que sería buen momento para enseñarnos sus particularidades.
Yo anotaba y mi hermana cantaba metro en mano. Don Fernando obedeció las órdenes de su señora, molesto por tener que permanecer cual estatua en aquella sala rodeado de mujeres que disponían lo que tenía que hacer.
-Juana anota, contorno de cuello: cuarenta-soltando con mucho cuidado el metro del cuello del barón, dirigiéndose al contorno de pecho,- Juana apunta contorno de pecho: ciento tres.
El barón cambió el gesto a lo largo de la sesión. Cuando la baronesa se distrajo mirando por la ventana, aprovechó para acariciar la melena pelirroja de Manuela, fue un gesto que nadie apreció salvo yo por la cercanía, puede que ni mi hermana se diera cuenta, andaba entonces muy concentrada en la medida del largo de los pantalones. Desde ese instante, no dejaba de mirarla con admiración, complacido con su cercanía.
-Parecen muy profesionales tus costureras, Leonor-fue lo primero que dijo desde que entró en la habitación, si quedo complacido con el resultado, cosa que no dudo en absoluto, me pondré en sus manos para mis siguientes cambios de vestuario.
Doña Leonor seguía despistada indagando en los encajes.
-Claro que sí Fernando.
Don Fernando sonrió de una manera que no me gustó. A pesar de su edad mantenía un porte esbelto, debió de ser un hombre muy gallardo en su juventud, todavía conservaba cierto atractivo. No obstante, estaba convencida de que no tenía buenas intenciones.

Días después le tocó el turno al joven Íñigo, para entonces había acumulado cierto odio hacia su persona, derivado de lo que sentí al ver la manera en que su padre contemplaba a mi hermana. Discurrí sin proponérmelo que los dos serían iguales: “de tal palo tal astilla”, que estarían acostumbrados a aprovecharse de la servidumbre. Para aquel entonces, ya había escuchado miles de historias sobre señores y criadas de boca de las chicas del servicio, habladurías sobre despidos al tener conocimiento del estado de nueva esperanza de las chicas, de abusos incluidos en el sueldo.
Quizás fuera eso lo que me hizo sentir repulsión hacia el señor Fernando y por inercia hacia Íñigo. Sentí una profunda pena por la señorita Elena, por lo que sufriría en un futuro en manos de un marido que quizás la dejara desatendida, en un segundo plano, en pos de chicas más jóvenes.
Todo eso andaba yo imaginando cuando se abrió la puerta y entró. Encarna lo saludó cortesmente y le indicó donde debía colocarse.

-Buenos días señoritas-dijo sonriendo de una forma encantadora.

Por favor Juana, mide tu al señorito Íñigo y que sea tu hermana la que apunte las medidas esta vez.
Miré a Encarna enfadada, no me podía creer que me pusiera en esa tesitura. Los nervios hicieron que me tropezara en una banqueta y cayera a los pies del señor, de bruces. Don Íñigo se apresuró a levantarme preocupado por mi estado de salud.
-No ha sido nada-dije sonrrojándome, mientras me lamía la sangre del labio que brotaba escandalosamente. El señor se palpó el chaleco, extrayendo un pañuelo blanco de seda que utilizó para empapar el flujo que no paraba de manar.
-No se preocupe, no es nada- hice el amago de retirar su mano, -además el pañuelo…-no me dejó terminar la frase:
-Señorita Juana, no se preocupe por esa nimiedad, se lo regalo.
-Juana, creo que no deberías hacer perder más el tiempo al señor Íñigo-dijo Encarna tratando de volver a la normalidad.
-Si no se encuentra bien, lo dejamos para otro día, ¿le parece bien?- puntualizó el señor mientras me miraba con curiosidad infantil, parecía escudriñar mi rostro, mis facciones, mi pelo.
-No se preocupe, creo que puedo hacer lo que se me pide, ha sido un tonto accidente, nada más.
Indiqué al señor que ocupara el lugar de la prueba y me dispuse a tomar medidas.
-Manuela apunta por favor, contorno de cuello: cuarenta y dos- la cercanía de su cuerpo me puso nerviosa, el señor giró la cara despistado, (al menos eso pareció), susurrándome: “eres preciosa”.

Todavía hoy en día siento escalofríos cuando recuerdo ese instante, no lo he olvidado. Lo que no recuerdo es como pude continuar, pero sé que lo hice -contorno de pecho, apunta hermana: 95.
Lo tenía frente a mí, tan cerca que podía olerlo. Un leve toque de perfume apenas conseguía camuflar la frescura de una piel joven, aseada. Pensé que de no ser por las hermosas vestiduras que lo adornaban, podría pasar por el gallardo hijo de cualquier granjero. Su tez morena y sus cabellos azabache estaban lejos de recordar a los jóvenes de la corte y su envergadura sin exceso de volumen no encajaba de un cuerpo no sometido a duras labores diarias.
Al tomar la medida del contorno de cintura, sin querer levanté la mirada. Sus ojos permanecían fijos en mí, curiosos, tal vez esperando una respuesta o un gesto nervioso por mi parte al comentario que acaba de hacer. No sé como pude pero mantuve la mirada, mostrándome firme, digna, recordé el gesto grosero de su padre, lo que me dio fuerzas. Pero esos enormes ojos verdes, hirientes, volvieron a desnudarme, me descubrieron débil, tal cual era.

Cuando se marchó, me sentía aliviada. Esa tarde la pasé repasando en mi cabeza una y otra vez cada pequeño detalle, cada gesto. Soñé que me acogía en sus brazos, estaba tan cerca que volvía a notar ese aroma que desprendía, cautivándome, no quería estar en otro lugar, no quería hacer otra cosa que sentir su presencia.
Encarna me devolvió a la realidad balanceándome de un lado para otro.
-Juana, querida niña, ahora entiendo que erré al dejarte tomar las medidas, debí dejar que Manuela se encargara de esta tarea. Quería darte la oportunidad de acercarte a él, quizás no tengas muchas más, para poner en claro tus sentimientos. Me temo que te he sumido en un pozo del que quizás no puedas salir. Espero que no tenga que lamentar mi decisión lo que me queda de vida. Solo deseo que la boda llegue pronto, desliarnos de tanto trajín lo antes posible para poder llevar a cabo el sueño de mi vida con vosotras.
Llamó entonces a mi hermana y una vez las tres juntas nos relató:
-Jamás pensé que mi vida pudiera desarrollarse más allá de las cuatro pequeñas paredes de la habitación de casa, que tomaría a dos chicas como aprendizas a las que consideraría mi familia, que llegaría a trabajar como modista de una baronesa y que ésta me designaría el trabajo más importante de mi vida. Todo ha sido un sueño desde que llegasteis a mi vida. Quiero anunciaros que en cuanto terminemos todo lo concerniente a la boda, montaremos un nuevo taller de costura donde invertiremos todo lo ahorrado, tendréis garantizado un sustento sin depender de nadie, vosotras seréis las dueñas, nadie decidirá sobre vuestro futuro.

La idea de Encarna de montar un nuevo taller me entusiasmó hasta tal punto, que me ayudó a controlar mis emociones. Sentir que podía ser independiente, que yo tomaría mis propias decisiones me hacía enormemente feliz. Los años compartidos con Encarna fueron un estimulante vital; la seguridad que ella mostraba en tantos aspectos, su afán por sustentarse así misma, la hacían digna de mi admiración. Descubrí con ella que existía otra forma de hacer las cosas, que no debía permitir que nadie dirigiera mi destino.
Pero él,…., él, podría hacer temblar todos mis cimientos, podría derribar el edificio que pretendía construir, podría dinamitar mis sueños, si yo me dejaba. Me auguré la batalla contra el adversario más ruin y más cruel que se pueda imaginar: contra mi misma.

El día que llegaron los tejidos desde Madrid, recibimos órdenes de no tocar los embalajes hasta que doña Leonor y la señorita Elena estuvieran presentes. Querían ser ellas las primeras en contemplarlos. Doña Elena no parecía muy contenta, de hecho entró con el gesto constreñido en la sala de pruebas.
Al deshacer los embalajes Elena se acercó apresurada a la seda bordada en blanco roto.
-¡Contemple Leonor la seda!, se me antoja anticuada, pasada de moda, clásica en exceso. Entiende ahora lo que quería decirle la otra noche en la cena.
La baronesa contrariada, con gesto de disgusto, asintió repetidamente mientras la joven Elena movía la cabeza de un lado para otro mostrando desacuerdo.
-A mi me parece deliciosa Elena, pero entiendo que no te complazca. En ese caso, como resolvimos la otra noche, partiremos las tres de viaje a Barcelona. Es la forma más rápida de solucionar un tema tan crucial como éste. -En ese momento se volvió hacia Encarna diciéndole:
-Encarna, usted nos acompañará a las dos. Necesito de su opinión, no podemos volver a equivocarnos con el tejido. El sitio al que nos dirigimos almacena todo cuanto una mujer como usted desearía ver al menos una vez en su vida. Estoy convencida de que disfrutará del lugar.
Mi hermana y yo en secreto, a escondidas de la maestra, le confeccionamos varios atuendos discretos pero elegantes. Habíamos elaborado tantos modelos que podíamos atrevernos con las medidas de Encarna sin necesidad de guiarnos con el metro.
Utilizamos tonos oscuros de acuerdo a sus gustos, pero mezclamos con cierta pericia, detalles en colores claros para el cuello y las terminaciones de los puños, recurriendo a los encajes de bolillos en algunos vestidos y a pasamanerías de las que guardaba con tanto cariño en el sótano de su casa para otros. Pensamos que sería la ocasión ideal, la persona ideal para lucir aquellas maravillas, algunas de ellas contaban con largos años en su haber pero se mantenían en perfecto estado gracias al mimo con el que habían sido conservadas.
Encarna palideció la mañana que la llamamos para que hiciera una prueba antes de marchar de viaje, ella había dispuesto partir con un vestido que guardaba por si alguna ocasión especial de las que nunca se presentan. En un primer momento rechazó la propuesta tachándola de loca y disparatada, pero cuando le dijimos que habíamos pasado varias noches sin dormir porque nos hacía tremendamente felices hacer algo por ella, cambió de opinión.
Mi hermana, muy mañosa con el peine y las horquillas, le hizo un recogido bajo suave, de manera que su rostro se dulcificaba más aún. Cuando se levantó de la silla y se colocó el vestido las tres rompimos a llorar. Encarna estaba preciosa, acostumbrada a lucir casi siempre los mismos ropajes fríos y anodinos que apagaban su encanto, aquella mañana irradiaba un candor que manaba de dentro. Se me hizo imposible imaginar cuan bella debió ser Encarna años atrás, cuando las arrugas no surcaban su rostro y el cansancio no imponía ojeras.
Encarna se sonrojó por primera vez desde que la conocía.
Nunca me había sentido tan sola como el día que Encarna marchó. A pesar de contar con la compañía de mi hermana y del resto del servicio, su ausencia dejaba un vacío irreemplazable. Hasta esa mañana que la vi partir, no supe lo importante que era para mí, cuanto habría de sufrir el día que nos dejara. Al girar la cabeza apareció mi hermana hundida en la tristeza más absoluta, se dejo venir hacia mi y la abracé comprendiendo como se sentía.
-Juana, sé que se ha marchado por tiempo breve pero no puedo evitar sentir tristeza.
-No te preocupes hermana, es bueno sentir lo que sentimos, podemos decir con firmeza que la queremos. Esto es amor, y el amor a veces duele.
El señor, Don Fernando, mandó llamar a mi hermana una tarde durante la ausencia de la baronesa. Mi hermana no intuía las intenciones, ni siquiera imaginaba lo que el señor podría requerir de ella. Yo, sin embargo, sentí un estremecimiento cuando vinieron a por ella. No me lo pensé dos veces e insistí en acompañarla, a pesar de las negativas de Jacinto, el criado personal del señor.
-Jacinto, siento mucho llevarte la contraria, pero mi hermana no podrá sola con las costuras que el señor necesita le sean arregladas por parte de mi hermana. Si yo la acompaño terminaremos antes y el señor quedará más contento con la pronta resolución de su descosido.
-Pero Juana, el señor ha insistido en que sea Manuela la que le arregle la chaqueta, yo no puedo cambiar sus deseos.
-No te preocupes Jacinto, yo te desentenderé de todo.
Jacinto no pudo convencerme ni hacerme cambiar de opinión. Cuando aparecimos las dos en los aposentos del señor, su rostro se encendió de ira.
-¡No te he dicho Jacinto, que solo requería la presencia de la señorita Manuela!, ¿desde cuándo interpretas mis órdenes a tu manera?.
-Señor, yo he advertido…
-No se enfade señor- dije yo muy dispuesta- he sido yo la que ha convencido a Jacinto de que ambas seremos más eficaces con su problema y así el señor podrá volver antes a sus menesteres, que seguro lo apremian.
Don Fernando me miró con disgusto, había captado perfectamente mi mensaje, entendiendo que no le sería tan fácil deshacerse de mi.
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Cuento de Navidad. #cuentosdeNavidad

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Apagó la tele, odiaba el bombardeo de mensajes publicitarios incitando al consumismo más absurdo, “como si no se cenara más noches que esta puñetera noche”, “como si en estos días fuera obligatorio ser feliz”, se decía.

Llamaron a la puerta pero no quiso abrir. “La pesada de Carmencita como todos los años, ñan , ñan, ñan, ñan, ñan…””Que no se entera que no quiero ver a nadie, que no necesito de sus buenos propósitos, que se meta su empanada por donde le quepa”.

El viejo reloj de cuco dio las diez, como pudo, a trompicones. Era casi un milagro que todavía funcionase. Cenó lo mismo de todas las noches: un poco de embutido con pan y un vaso de leche. Recogió con la mano las migajas y las lanzó al aire colándolas en la boca de un golpe, con cierta gracia y destreza. Se rio de sí mismo, de ese pequeño gesto infantil tan familiar. Su padre lo hacía siempre después de comer y él esperaba el momento de este peculiar acontecimiento por si alguna migaja salía disparada errando la diana, pero eso no sucedía. Su padre le guiñaba el ojo y decía:

  • ­­¡Esto es un arte hijo mío! Aprenderás a hacerlo tan bien como yo si practicas mucho. Lo importante es concentrarse en el tiro y sobre todo tener claro cuál es el objetivo: ¡No desperdiciar la comida! Tienes suerte de poder comer un poco de pan cada día, otros no la tienen.

El tiempo y la edad le dejaron claro que su padre lo hacía casi tanto por ver la cara de felicidad de Fernandito durante la acrobática maniobra del pan, como por desviar la atención del contenido plato y centrarla en el acto. No lo había vuelto a hacer desde que murió su padre, y de eso hacía muchos años ya. Tomó el mendrugo que quedaba en la bolsa de pan y lo desmenuzó por la zona de la mesa próxima a él, a continuación juntó de nuevo las partículas lanzándolas al aire con picardía.

  • ¡Alehop! —, pegó un salto poniéndose de pie y saludando al inexistente público para a continuación moverse rítmicamente celebrando la hazaña como si de un jovenzuelo se tratara.

Sonrió, ¡Cuánto los echaba de menos a todos, cómo habían ido apareciendo y desapareciendo de su vida tan apresuradamente mientras él permanecía pausado en un instante que parecía interminable!

  • ¡Me habéis dejado solo!, poco a poco, sin avisar, ¡todos!. ¿Y qué hago yo aquí?, esperar el momento de reunirme con vosotros. —rompió a llorar desconsolado, derrumbándose en el suelo donde se quedó dormido.

Como en un sueño los vio a todos sentados a la mesa cenando, no faltaba nadie.

  • ¿Creéis que este año hará lo mismo de los últimos años?—escuchó decir a su mujer, Clara, que estaba más guapa que nunca.
  • ¿Te refieres a torturarse para hacerse sentir desgraciado?, estoy segura que no es capaz de reaccionar —apuntó su hija Ana mientras se colocaba el pañuelo que se había desplazado ligeramente sobre la cabeza.
  • Ha estado bien lo de las migajas abuelo, casi lo consigues, al final no ha podido ser, se ha vuelto a venir abajo, como todas las navidades—continuó.
  • Si tan solo supiera que lo único que queremos es verlo feliz…,—dijo el abuelo levantándose y dirigiéndose al cuco, encajándolo  bien en el engranaje.—No podemos hacer nada, debemos dejar de intentarlo—sentenció mientras regresaba a la mesa.

En ese instante el reloj marcó las once, el mecanismo se puso en marcha, el cuco se deslizó suavemente sobre los rieles, ágil sin tropiezos.

Fernando se quedó atónito mirándolo, se levantó despacio, se dirigió a su habitación donde se adecentó lo mejor que pudo, atusándose el pelo con mucho cuidado. Buscó en la bodega un par de botellas de licor que guardaba sin saber muy bien porqué y marchó a casa de Carmen con su mejor sonrisa.

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Paco. (Continuación)

007-juancarlosfunesCogió la bicicleta dispuesto a llegar cuanto antes al conservatorio. Se le hizo tarde, tanto que al pretender llegar a tiempo a la clase de clarinete casi se cae en la calle Pedrizas, llamada así por la descolocación de los adoquines, desubicados por el transcurrir de los años más la falta de mantenimiento y que terminó por esparcirlos de forma dispar a lo largo de la vía. Tal era el despropósito de piedras que más de cien reclamaciones tenía el ayuntamiento por torceduras de tobillos y atropellamientos debido a los intentos de esquivar baches y obstáculos.
El clarinete lo llevaba bien amarrado a una cajita de plástico, esta a su vez, también había sido colocada con cuidado sobre el guardabarros trasero.
-Suerte y prevención- se dijo.
Era un chico precavido, de rutinas diarias, pero aquella tarde la tía Candela se había empeñado en que la acompañara a misa de siete.
-Ya fui a misa el domingo, tía- le insistió.
-No pasa nada si vas hoy también, además el conservatorio es a las ocho y te da tiempo de sobra.
-Ya, pero tengo que pasar por casa a recoger mi clarinete.

Durante el incidente, faltó poco para llevarse por delante a una dulce abuelita que adivinando lo que se le venía encima se armó de valor y empujó al pobre Paco contra la acera de enfrente. Paco, “poco ágil en general”, como se autodefinía, consiguió hacerse de rara manera con la máquina de dos ruedas pero no pudo evitar terminar la frenada dando con la boca en el escote de una criatura de unos treinta años que se había parado a contemplar el desarrollo de los acontecimientos.
No fue consciente de donde estaba hasta pasado un leve lapso de tiempo. Levantó la cabeza y miró rápidamente hacia atrás para asegurarse del bienestar de  su instrumento. Entonces agradeció a la suerte y a su sentido de la responsabilidad el paradero de ambos.
-Eres un tipo afortunado- le sonrió la chica descaradamente mientras le guiñaba un ojo.
La reconstrucción mental de los últimos instantes y la toma de conciencia del aterrizaje en la mullida pechera hizo que se desplomara sobre blando.

Unas cachetadas con toque de inquina hicieron que el malparado Paco volviera en si.
-¿Qué hora es?,llego tarde a mi clase.
-No deberías de preocuparte por eso ahora, has sufrido un desvanecimiento. Los bruscos vaivenes con la bici deben de haber tenido la culpa. Soy Claudia, la pista de aterrizaje de emergencia. Da gracias a mis pechos, de no estar donde estaban en el momento oportuno, hubieras perdido además del conocimiento un par de dientes seguro.
-Disculpe mi torpeza, me llamo Papapaco- dijo tartamudeando un poco. Las orejas prendieron en rojo color-calor, cuando sin darse apenas cuenta los ojos con autonomía propia, se desviaron al pronunciado escote.
-¡Qué!, ¿no piensas invitarme a una cerveza, es lo menos que puedes hacer por haberte salvado los piños?
-No puedo, no bebo alcohol, además es tarde ya-dijo mirando la muñeca donde un citizen kinetic de esfera clásica marcaba las ocho y treinta.
-Pues te pides una coca-cola-dijo insistente mientras sonreía de una manera que le hacía erizar hasta las pestañas.
Paco no era hombre de bares, ni de amigos ni de nada. Era un tipo tímido, retraído en exceso, de edad rondando el límite donde no se tiene claro del lado del que estás.
-Está bien- dijo en voz alta, sin comprender de dónde había salido esa respuesta, estaba seguro que él no había podido decir eso.

-¿Te gusta “Bocanada”?, tiene muchos tipos de cerveza y buen ambiente…, es temprano pero ¿qué más da?.
-Está bien-volvió a responder sin saber muy bien porqué lo hacía. No tenía idea de donde se encontraba “Bocanada”, apenas salía.
Claudia lo miró de arriba a abajo curiosa, él apartó la mirada rápidamente, evitando el contacto con los ojos. Tomo su bici para iniciar la marcha, en esto que ella le increpó.
-¿No pretenderás ir montado mientras yo voy andando?.
Paco se quedó inmóvil, sin saber muy bien qué hacer. Bajó de la bici y se dispuso a ir andando.

-Iremos los dos montados-a la vez que dijo ésto de un salto se sentó en el sillín y le instó a que se montara.
-Tu irás pedaleando si apoyarte, no está lejos, deja que te guíe.
Lo amarró de la cintura y más que indicar, parecía que le daba órdenes.
Bocanada era un pub ochentero, oscuro y lleno de humo, donde una vez a la semana actuaban grupos punks, heavys, jazz o de lo que fuera con tal de animar la velada. No se cobraba por actuar tan solo el avituallamiento de rigor para soportar la noche.
Cuando llegaron acababan de abrir, el camarero se afanaba en limpiar las mesas.
-Hola Claudia, ¿lo de siempre?
-Si, pero pon ración doble.
Paco no fue capaz de decir que no, quiso abrir la boca cuando le dijo:
-No te preocupes he pedido unas Bocks, no tienen mucha graduación-y una muesca pícara indicó que era todo lo contrario.

Claudia comenzó a reírse a carcajadas tras un par de tragos.
-No te imaginas lo divertido que ha sido verte aterrizar . Volvía a casa después de una guardia complicada y no he podido continuar mi marcha porque lo que estaba sucediendo contigo y doña Juana ha sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
Paco no pudo más que ruborizarse de nuevo, las orejas pasaron del rojo amaranto al rojo fuego por segunda vez en una tarde. Tomó la botella y bebió largo, no estaba dispuesto a que esa dominanta pelirroja le tomara más el pelo, pero cuando se disponía a contestarle notó como ella lo miraba fijamente, con una mirada divertida.
-¿De verdad no bebes nunca alcohol ?- le preguntó.
-No-dijo furioso.
-Pues menuda vas a pillar hoy- y volvió a carcajearse haciendo que los músicos que acaban de entrar por la puerta para ensayar la actuación de la noche, se unieran indefensos a la risa.

Tres tragos más tarde, Paco terminó subido en el escenario acompañando a la banda que actuaría horas después: “The big band theory”. Paco, tras un par de intentos, acopló el clarinete sin apenas dificultad. Él, que había limitado su repertorio a los clásicos, “por convicción”, como solía decir, de repente había dejado escapar una especie de oculto talento que lo hacía incluso mover la cintura con movimientos insinuantes, algo que Claudia contempló con cierto entusiasmo.

Claudia pensó que todo lo que estaba pasando era fruto del destino, una especie de recompensa por haber soportado el peor día de trabajo desde que empezó a ejercer la medicina, un día que se había propuesto olvidar. Cuando Paco se cruzó en su camino un resorte invisible le cambió el ánimo, decidiendo que no volvería a casa hasta no agotar todas las opciones que el día le plantara por delante.
Las horas pasaban y las cervezas también. El descuelgue de flequillo llegó acompañado de un desaliñamiento en general: descolocación de la camisa blanca impoluta, con desabroche de un par de botones y arremangamiento de puños. Fue imposible bajar a Paco del escenario hasta bien entrada la madrugada cuando hubo que llevarlo a urgencias por un coma etílico.

Fue ella quien dirigió las maniobras de reanimación. Como pudo y tambaleándose un poco de un lado para otro, buscó fuerzas, (el remordimiento por el desenlace de los hechos ayudó también) y trajo de vuelta a Paco.
Los compañeros de trabajo no podían creer lo que estaban viendo: la doctora Claudia Clavijo, borracha perdida, había aparecido de golpe en urgencias horas después de haber conseguido robarle a la muerte un par de clientes en un arrebato de lúcidas estratagemas médicas , con un tipo a punto de la extrema unción.
Paco volvió en sí poco a poco. Al abrir los ojos lo primero que vió fue a una pelirroja desgreñada con los ojos fuera de órbita que se le abalanzó al cuello y lo besó con lenguetazo incluido.
-¡Ponme otra bock Fernando y quítame de paso a la loca esta de encima que me acaba de lamer la campanilla!
La doctora Claudia Clavijo ruborizó y notó una especie de colror-calor en la zona de las orejas.

Fue Fernando, dueño del pub, quien a petición de la doctora Clavijo, se entretuvo en buscar algún distintivo en la bici, en el instrumento o en la caja del instrumento que permitiera localizar a la familia. La doctora llamó sin dar muchos detalles de lo sucedido, evitando alarmar innecesariamente.

-¡Hijo de mi vida y de mi corazón!-, fue lo siguiente que escuchó al despertar de nuevo tras un par de horas al lado de Morfeo.
-¿Qué te pasó anoche?¿dónde te metiste hijo de mi alma?, hemos puesto en jaque a la guardia civil, al cuerpo de la policía nacional y tuvimos que sujetar a tío Pepe para que no llamara a la interpol, por si había sido un secuestro internacional y pensaran mandarnos una prueba de vida en forma de oreja o dedo de la mano, imagínate, no hubieras podido seguir tocando el clarinete.
-Tía Candela, ¿dónde estoy, qué me ha sucedido?.
Paco no recordaba nada. La doctora Clavijo entró en la habitación. Se había adecentado recogiéndose el cabello en una cola y retirando los restos de rimel que habían terminado por disgregarse por el rostro de manera que junto con el desmelene le conferían un aspecto hallowiniano.
-Doctora, ¿cómo está mi sobrino Paquito? ¿sabe usted cómo ha llegado hasta aquí y lo que ha sucedido?
Paquito la miró preguntándose dónde la había visto antes, el rostro de la doctora le resultaba familiar.

Claudia se alegró de su amnesia temporal y rezó para que no recuperara la memoria, aún así debía explicar como había llegado a urgencias con Paco en semejante condición.
-No se preocupe señora, Paco ha sufrido un coma etílico, pero se encuentra perfectamente.
-¡No, no y no, doctora!-dijo moviendo la cabeza de un lado a otro.
-Usted está errando el diagnóstico, eso es seguro, mi sobrino es abstemio, podrá haber sufrido cualquier otra dolencia, ¡pero borracho no!.
En ese momento volvió a dirigir la mirada a Paco que parecía no entender nada y que apenas podía mantenerse despierto. No está claro si volvió a dormirse por efecto del cansancio y los calmantes o para intentar dar explicaciones a su tía.
-¡Pobrecito mío!, además de padecer una grave enfermedad, no hay que ser médico para darse cuenta de que lo que tiene es grave, solo mirar su carita, tiene que soportar la incompetencia de una doctora que lo llama borracho con palabras raras porque no tiene ni idea de lo que padece.
-¡Qué dice señora!, me está usted ofendiendo.
La tía Candela se acercó para acariciarle la cara mientras le decía al oído:
-No te preocupes, yo te sacaré de aquí. Esta médica no está en sus cabales, además le huele el aliento a four roses, te lo digo yo que de eso entiendo.

Tía Candela se giró para mirar a la doctora de forma desafiante. Las dos mantuvieron el duelo visual. Solo la aparición de tío Pepe rompió la intensidad del momento.
-Candelita, mi amor, creo que deberíamos dejar a Paquito que descanse tranquilo. Sea lo que sea lo que sucedió ayer, ya no los contará en otro momento. Lo importante es que se encuentra bien y que no ha sucedido nada importante.
-Como siempre tienes razón Pepe, vamos a tomarnos algo calentito que recomponga el estómago y luego volvemos a su lado. No pienso dejarlo solo más de lo necesario-dijo sin apenas levantar la voz mientras torcía la boca al pasar al lado de la doctora.
-¡Será zorra!- se dijo mientras le entraban ganas de gritarle a voz en cuello que le acababa de salvar la vida al torpe de su sobrino, pero se contuvo al recordar que ella lo había incitado al desmelene y que pretendía en cierto modo llevárselo al huerto. Tenía claro desde el instante que lo vio, que aquel chico tenía algo que la volvía loca aunque no sabía determinar exactamente que.
Paco abrió los ojos cuando estuvo seguro de que no se oía nada.
-¿Sigues ahí?-tomó aire para continuar hablando.
-La próxima vez que intentes aprovecharte de mí no estaré en inferioridad de condiciones, tenga eso por seguro-soltó del tirón y sin titubear. Había empezado a recordar escenas sueltas pero concluyentes.

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De dentro hacia fuera. @zendalibros. #DíadelosMuertos

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Estaba tan cansada cuando se hundió en la bañera, que por un instante pensó que  dejarse morir bajo el agua tibia sería buena idea . Dejaría de correr, de ir de un lado para otro como si no hubiera un mañana, dejaría de pensar qué era lo que tenía que hacer a continuación.

Al tumbarse en la cama notó el cuerpo entumecido, rígido. La imagen que le devolvió el espejo un momento atrás no era el de una chica saludable de treinta y pocos años. El no descanso tatuó bajo sus ojos una sombra  gris indeleble que se hacía más difícil ocultar bajo el maquillaje a medida que pasaban los días.

 No podía dormir, estaba agotada pero no podía dormir. “Esto es justo lo que me faltaba, otra nochecita de insomnio. Mañana voy a morir pero de verdad, como no consiga descansar un poco”, este pensamiento incrementaba su nerviosismo. Cambió de postura e intentó relajarse, lo volvió a hacer al cabo de un instante. “Deja tu mente en blanco, siente cómo entra el aire por tu nariz, concéntrate en la respiración, es muy importante”. Daba resultado. “ Focaliza tu pensamiento en el fluir de  la sangre por tus venas e intenta sentir cada parte de tu cuerpo, poco a poco, comenzando por los dedos de los pies hacia la parte superior, despacio sin prisa ”.  Lo había hecho otras veces, recurrir a la relajación, pero no siempre funcionaba. En ese caso se decantaba por las pastillas,  cada vez con más frecuencia. Reconocía que de seguir así acabaría convirtiéndose en una yonki de los somníferos, si no lo era ya. Estaba funcionando, notaba la gravedad aplastando su cuerpo inmóvil. Quedaba relajar un poco más su mente; debía concentrarse en su cabeza, no pensar en nada y dejarse llevar. Sus pulsaciones se ralentizaron, apenas respiraba, era agradable la sensación de ingravidez, ya no percibía el  peso del cuerpo se sentía liviana, etérea.

Imaginó en ese instante que era un astronauta rodeado del vacío más absoluto, flotando en ausencia de todo. No había nada a su alrededor nada, ni siquiera los destellos brillantes  de estrellas en la lejanía.  Buscó sus manos, no las veía entre tanta oscuridad, tampoco las sentía, ni el resto de su cuerpo,  no veía nada ni sentía “nada”.

“En ausencia de cuerpo, ¿qué soy? Pensamiento puro? ¡ja! Va a ser esto lo que decían los filósofos”. Se jactaba mientras se cuestionaba medio en broma medio en serio qué era  lo que estaba pasando,  se había relajado en exceso, tal vez era eso, solo eso. Tocaba dormir si es que estaba despierta o despertar si es que estaba durmiendo.

“Vamos despierta” esto no puede ser tan difícil,  repetía sin que nada pasara. Su cuerpo permanecía aletargado en la cama, recibiendo apenas el oxígeno necesario para mantener en el límite las constantes vitales.  No hubiera sido fácil discernir si estaba viva o muerta a simple vista. “¿Cómo hago ahora para volver, cómo detono el encendido?” Su cerebro estaba activo,  pero parecía no querer obedecerle. “Deja que me mueva” repetía, mientras comprobaba asustada que era incapaz de retornar desde donde quiera que estuviese.

El hijo adolescente al regresar del centro de educación media, se encontró a la madre aparentemente dormida. Tras varios intentos de despertarla sin éxito, llamó a los servicios de urgencias.

“¡No estoy muerta, hijo mío!¡qué no te engañe el inepto ese!” gritó desesperada sin que por su boca saliera palabra alguna.“¡Hijo de la gran chingada!, ¡haz de una puñetera vez tu trabajo, comprueba que respiro!” mientras por todos los medios intentaba infligir movimiento a alguna parte del cuerpo sin conseguirlo.

“¡Solo estaba cansada!” se decía,  puede que también anduviera un poco deprimida por el estrés al que las últimas semanas había sido sometida en el trabajo y otras cosas que no quería recordar y que sin embargo, en el fondo de todo, siempre estaban ahí doliendo hasta torturar.“¡Pero no quería morir, quiero volver!”, así estuvo horas interminables sin que nada sucediera.

Ya en la caja, escuchó desfilar uno tras otro  a familiares, conocidos y vecinos. Apreció los gestos de dolor verdadero en la profundidad de sus lamentos,  detestando la comicidad de aquellos que la maltrataron y utilizaron sin piedad durante tantos años.

“¡Descansa en paz amor mío!”, le susurró mientras la besaba el único hombre al que había amado en silencio toda su vida, su compañero de trabajo. “¡Ahora me lo dice!¡ahora!”, ella intuía algo, los cruces de miradas eran prolongados, las muestras de cariño evidentes,pero jamás se dijeron nada. “He soñado contigo cada noche, he deseado escuchar estas palabras de tu boca toda mi vida y he tenido que ¿morirme?, para oírtelas decir” seguía dudando de su estado. “Tal vez me haya muerto de verdad,  como nunca antes lo he hecho y nadie me ha contado lo que se siente, tal vez esto sea morir”.

La hora final se acercaba, le resultaba terrorífica la idea de verse encerrada y enterrada sin poder remediarlo. Eso suponía un castigo cruel, el más cruel de todos, no lo había peor, porque ella era consciente de todo. No era consuelo morir el día de los muertos, aun viviendo en México “morir era morir” se dijo, “da igual la edad, el dinero que tengas o la puñetera vida que lleves, en realidad uno nunca quiere morirse, nadie quiere morirse”.

La tapa calló suavemente, notó los sollozos desconsolados de su hijo, esto la destrozó por completo, poco importaba ya nada, ni siquiera la duda que hasta ahora la atormentaba. El estruendo de la tierra al golpear sobre el ataúd produjo en ella una pequeña convulsión, notó un pequeño temblor en un párpado.

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Los Tanenbaum (Actualizado)

Cuando él llegó trajo consigo la lluvia y una intensa calma. El viejo roble agradeció su presencia haciendo brillar sus hojas de un modo especial, con un verde profundo. Nunca más mostró sus galas de aquella manera el viejo guardián.
El agua limpió el ambiente enrarecido de los últimos meses, parecía que no volvería a llover nunca, pero no fue así, él la trajo, como también trajo la calma tan necesaria.
Los viejos del lugar no recordaban una sequía tan prolongada, un calor tan excesivo, se hacía insoportable a ciertas horas del día. El viejo roble aguantó como pudo las inclemencias, resistiéndose a morir después de tantos años, no consideró que fuera una forma digna de dejar este mundo, así que no se dejó vencer y plantó cara lo mejor que pudo.

Llovió durante cuarenta días con sus cuarenta noches. El cielo plomizo no dio tregua hasta la mañana número cuarenta y uno cuando un rayo de sol atravesó la barrera nubosa incidiendo sobre el tejado de la mansión de los Tanenbaum. La claridad hizo que todos salieran a la calle a contemplar el espectáculo. Poco a poco, el azul se fue haciendo hueco, desplazando a las nubes.

Los Tanenbaum esperaron por años su llegada, poseedores de una inmensa fortuna lo tenían todo menos lo que más deseaban. Fruto de un opaco negocio, el pequeño Tanenbaum reunía una serie de características únicas resultado de una elección a la carta. Rasgos similares a ambos progenitores para simular un origen natural, junto con un estudio exhaustivo de las capacidades intelectuales que propiciaran la continuidad del imperio construido por la saga familiar. El pequeño Tanenbaum llenó la oscura mansión de alegría.

Todavía recuerdo la mañana en la que el pequeño se escapó y salió corriendo ladera arriba hacia lo alto de la colina, donde el viejo roble parecía esperarlo, contaba con entonces con tres años escasos. También recuerdo como la jauría de criados salió tras él cuando se dieron cuenta de que había desaparecido, fue asombroso cómo logró escabullirse de tan abigarrada custodia.
Clara Tanenbaum hacía todo lo posible por lograr el cariño del pequeño. Se desvivía en regalos, sorpresas y atenciones, más el pequeño, aturdido por tanto objeto sin interés, evadía la presencia de su madre siempre que podía. No hacía lo mismo con Lola, la criada, que no paraba de hacerle caricias en las mejillas, regalándole algún beso que otro a escondidas de la señora Clara.

Las visitas al árbol se volvieron rutinarias. Con toda suerte de artimañas lograba zafarse de sus guardianes para, al menos una vez al día, conseguir tumbarse bajo su sombra por un rato.
Fue Lola la que se percató de que el niño hablaba con el árbol, no dijo nada por no perjudicar al pequeño, pero una rara sensación de desasosiego se apodero de ella desde entonces. Temía que el crío no andara muy bien de la cabeza o algo parecido.
-¿Sabes viejo amigo? todavía recuerdo la primera vez que te vi como si fuera hoy. Me diste la bienvenida haciendo lucir tus hojas con ese verde profundo que reservas para las ocasiones especiales. Siempre lo has hecho, una vez tras otra-dijo mientras se acariciaba el pelo -¿Sabes viejo amigo? creo que no ha cambiado nada. Parece que todo se repite, sólo las caras y los objetos que decoran las casas son diferentes-continuó diciendo con la mirada perdida sobre el horizonte-¿Sabes viejo amigo? quizás tengamos que marcharnos definitivamente, puede que haya llegado la hora de partir -murmuró mientras contemplaba la belleza de lo que había permanecido casi inalterable: el viejo bosque en el fondo de la ladera, el abrupto acantilado que parecía transmitir los rugidos del mar enfurecido al chocar contra las rocas y el sendero que conducía hasta la casa en el lado opuesto.

Llegó a los catorce colmado de caprichos ajenos, de extravagancias que no le arrancaban el más mínimo gesto de satisfacción a la vez que su padre empezaba a explicarle las intrincadas maniobras que requerían la gestión del vasto imperio comercial.

Tanenbaum percibía el desinterés de su hijo sobre las cuestiones empresariales, no quería admitir que quizás el chico  tenía otras apetencias personales en este sentido, convenciéndose de que con el tiempo cambiaría.  “Cuando las hormonas reposen y calmen en unos cuantos años, se convertirá en lo que ha de ser: un gran hombre de negocios”.

Pero Henry Tanenbaum andaba cada vez más disperso, ensimismado en quién sabe qué pensamientos día y noche, atosigado por una estricta rutina que lo encorsetaba a una serie de actividades planificadas. Siempre desayunaba solo, el padre desaparecía con las primeras luces del día mientras la madre permanecía en cama hasta bien entrada la mañana, aquejada de jaquecas intermitentes que aparecían y desaparecían a la carta.

-El desayuno está servido señor-  una vocecilla discreta, apenas perceptible musitó.

Sin levantar la cabeza asintió.

-¿Desea el señor otra cosa?

Por cortesía levantó la mirada para contestar. Ella sonrió discretamente al tiempo que se ruborizaba.

-Todo está bien, gracias. A propósito ¿quién es usted?.

-Soy Matilde, la sustituta de Lola.
-¿Lola, qué le ha pasado, dónde está?-preguntó angustiado.
-Ha tenido que marcharse repentinamente, partió anoche para cuidar a su madre que anda muy delicada de salud, mientras tanto, yo ocuparé su lugar.
-¿Qué cuidarás de mí? no creo que tengas más edad que yo.
-Tengo diecisiete años, más estoy curtida en labores del hogar, creo que sabré desempeñar mi trabajo como se espera de mí.
Henry Tanenbaum dudaba que aquella delicada criatura pudiera sustituir a Lola en la complejidad de sus tareas, sobre todo en inventiva nocturna cuando quedaban para contar historias a la hora de dormir.
-Mereces el beneficio de la duda- sonrió.
Matilde brindó a Henry, además de un sinfín de sonrisas azuladas, una amistad sincera. Su compañía le agradaba cada día más despertando inevitablemente otros sentimientos a los que se sentía inmune o particularmente ajeno por su condición especial.
-¿Sabes Henry?, ahora que te conozco no entiendo los comentarios de mi bisabuela acerca de ti y de tu familia.
-¿Comentarios?
-¿No lo sabes?, en el pueblo hace muchos años que se rumorean cosas acerca de algunas extrañezas de vuestra saga familiar.
-No entiendo lo que tratas de decirme.
-Yo solo creo lo que cuenta mi bisabuela, aun así, después de conocerte, pondría en duda todo lo que ella me ha relatado.
-¿Podrías aclararme un poco, ser más concreta?
-Mi bisabuela tiene la suerte de haber vivido cerca de los ciento diez años. Ha visto morar en la mansión cuatro generaciones de Tanenbaum y cree haber descubierto un patrón que se repite en todas las generaciones.

-¿Podrías ser más explícita?-replicó tratando de buscar el gesto adecuado para asegurarse de que no despertaba suspicacias.
-No tengo mucho tiempo ahora para darte detalles, además es una hipótesis retorcida y complicada de explicar, quizás sea mejor que te la cuente ella misma, si es que tienes tanto interés en descifrar las elucubraciones de una anciana.
-No me preocupan las habladurías malintencionadas de la gente del pueblo, son leyendas urbanas debidas al poco contacto que mantiene la familia con el exterior. La mansión está aislada y eso genera incertidumbre sobre lo que sucede con sus moradores, no hay nada más.
-Puede que tengas razón Henry, pero te aseguro que la hipótesis de mi bisabuela no carece de fundamento, puede que hasta tú te sorprendieras de sus pesquisas. Me encantaría presentártela, es una mujer excepcional, quizás alguna tarde quieras acompañarnos a merendar así podrías escuchar todo lo que ella lleva guardado en su cabeza y anotado en una especie de diario de especulaciones.

-Se me olvidó comentarte que ella estuvo trabajando como ama de llaves desde que tenía mi edad, lo que sabe procede de primera mano, no de cotilleos ni conversaciones de peluquería.
Henry levantó la ceja en gesto complejo, no se sabría identificar si preocupado o sorprendido.
Aquella tarde acudió a tumbarse bajo el viejo roble caminando pensativo. A pesar de que había llovido intermitentemente durante la primavera, de un día para otro una tonalidad ocre en las hojas ubicadas en los extremos de las ramas hizo que Henry se llevara las manos a la cabeza.
-En todo el tiempo que llevamos juntos en esto, jamás te vi lucir este color, ni siquiera durante las tremendas sequías que preceden a los retornos. Tal vez has hecho caso a mis plegarias y has decidido que partamos de una vez por todas- dijo mientras una sensación dolorosa le comprimía el pecho, pensó en ella durante un instante.
-Ya sé que no debo interferir, que no debo intimar, jamás lo he hecho tú me conoces.
Mientras se afirmaba en su postura, a las palabras que salían por su boca le acompañaban los recuerdos del olor de su cabello castaño, las sensaciones que los leves roces de sus manos le provocaban, el nerviosismo precedente a cada cita y entonces comprendió que por primera vez en siglos no quería marcharse, quería terminar de una vez por todas allí, junto a ella.

Una ligera brisa recorrió con ellos el camino hacia la casa de la señora Tina, no cesó ni un instante, provocando un curioso balanceo en las ramas de los árboles que decoraban ambos lados del sendero hacia la salida de la hacienda, simulando una extraña danza al compás de una melodía inaudible.
La casa situada en una zona apartada de la villa disponía de un pequeño jardín vallado repleto de buganvillas y azucenas. En un sillón junto a la ventana, con la cabeza dejada caer en el pecho disfrutaba de un profundo sueño cuando llegaron. Matilde la besó despacio en la frente haciéndola despertar.
-Abu, el señor Henry Tanembaun está aquí.
-No, no, llámeme Henry se lo suplico, Tina- puntualizó, rectificando la presentación.
La anciana necesitaba ayuda para realizar algunos movimientos, pero costaba creer que a esa edad pudiera mantener la viveza en la mirada de aquella manera.
-Lo sabía, eres exactamente igual que tus ancestros, no podía ser de otra manera, te hubiera reconocido sin necesidad de presentaciones- apuntó con una lucidez asombrosa.

-Matilde cariño, sírvenos el té con las pastas que habías preparado.
-Claro abu, enseguida.
Mientras Matilde se marchó a la cocina, Tina aprovechó para estar un momento a solas con Henry y así poder charlar con él en privado.
-Ahora te haces llamar Henry, pero creo que antes fuiste Michael y antes que Michael fuiste Leonard y antes
-No es necesario que continúe Tina, creo que van a sobrar algunas explicaciones en la conversación que mantengamos esta tarde.
-Lo único que quiero es que confirme mis pesquisas o las rebata justificadamente, necesito morir tranquila sabiendo que no estoy loca.
-No se preocupe que eso no sucederá.
-Aquí está el té – interrumpió Matilde.
-Esta tarde no sé por qué demonios no me encuentro muy bien del todo, tenía pensado charlar largo y tendido con el señor Henry Tanenbaum pero me tendrá que disculpar porque no creo que pueda. No se preocupe que su visita no va a ser en balde, le voy a entregar para que ojee mi diario, creo que mi Matilde ya le ha informado sobre su contenido así que tendrá para entretenerse por unos días. Cuando lo haya revisado, vuelva usted para continuar la conversación donde la hemos dejado, de esta manera me ahorraré mucho tiempo en explicaciones e iremos directos al grano, como comprenderá, tiempo es justo lo que no tengo y el que tengo le aseguro que debo aprovecharlo lo mejor que pueda.
Dejó caer la cabeza esta vez hacia atrás y comenzó a roncar.
-Abu, abu, despierta-intentó zarandearla al tiempo que Henry la detuvo y le instó a dejarla descansar.

Se marchó de allí sin decirle que la recordaba, que la primera vez que vio a Matilde reconoció en ella a Tina, aquella mujer de voluntad inquebrantable que gobernaba la casa con absoluta perfección. Durante el camino de vuelta, recordó la llegada a casa de aquella joven ama de llaves, su buen hacer durante los casi cincuenta años que se mantuvo activa sin que hubiera forma de que abandonara sus tareas. Esbozó una sonrisa al recordar como en los últimos años simulaban labores que requerían poco esfuerzo para que ella se sintiera útil sin sentirse desplazada por la edad.
La recordó en cada uno de los últimos retornos, cada vez más avanzada en edad, más deteriorada por el paso del tiempo, pero manteniendo esa agudeza, esa viveza en los ojos que hacía que ningún detalle pasara por alto ante ella. Estaba seguro que esa mujer sabía mucho más de lo que él mismo podía imaginar, su mente era más que brillante.
Absorto en sus pensamientos regresó a la mansión esta vez solo y con un robusto tomo manuscrito en sus manos. No quiso abrirlo hasta no sentarse cómodamente en su escritorio, así que lo único que hizo fue acariciar el lomo con gesto cariñoso.

Durante el desayuno trató de olvidar el tema que lo mantuvo despierto casi toda la noche. Disfrutó de una taza café amargo, un par de tostadas crujientes cubiertas con jamón salado y compota de manzana, como acostumbraba cada mañana. Recordó a la señora Flym, la actual ama de llaves, que esa mañana no quería ser molestado, insistiendo en que si era preciso hacerle llegar cualquier información debería ser Matilde la que le informase.
A plena luz del día, el libro presentaba un aspecto menos bucólico que el de la noche anterior, las hojas amarillentas del principio contrastaban con las últimas de aspecto inmaculado. Ojeó rápido el contenido comprobando como la letra también había sufrido transformaciones; el pulso tembloroso de Tina en el ocaso de sus días quedaba patente, así como la amplitud en los últimos intervalos de tiempo de las entradas.
Dejó de analizar el manuscrito para adentrarse de una vez en él:
Oakmusk, martes 01 de Febrero de 1820
“Mi nombre es Tina Parker, nací en el pequeño pueblo de Oakmusk al Noreste de Inglaterra, donde resido y deseo morir, hace hoy diecisiete años.
He tomado la determinación de buscar cada día un hueco libre en mi quehacer diario e ir anotando todo cuanto considere digno de ser recordado.
Cierro mi primera entrada recordando a mi querida madre, Patricia, a ella le debo todo, como el haberse empeñado en que aprendiera a leer y a escribir. Allá donde estés sabes que te quiero”.

Oakmusk, miércoles 2 de febrero de 1820
Nunca imaginé que sería tan difícil plasmar en unas pocas líneas tantas cosas emocionantes.
Puede que esté nerviosa en exceso y eso me lleve a darle tantas vueltas a lo que quiero escribir.
El día ha sido generoso en trabajo desde el amanecer hasta bien pasada la media mañana. Es aburrido hasta de relatar los quehaceres que a las chicas humildes como yo, nos obligan a realizar para colaborar en el mantenimiento del hogar. Forma parte de un entrenamiento para el día de mañana, cuando tengamos que gobernar nuestras propias casas y servir a nuestros maridos.
Mi padre insiste en que formalice mi relación con John Carter, el hijo del alcalde y deje de pelar la pava con él, lo que no sabe es que yo estoy locamente enamorada de Tom Holl, un chico tímido y tremendamente atractivo que trabaja en una mansión al este del pueblo, llamada Tanenbaum o algo así. Lo de John es por despistar un poco a los cotillas del pueblo y de camino a mi padre. Yo amo a Tom, lo amo y quiero casarme con él, creo que el también me quiere porque esta tarde cuando hemos salido a pasear por el sendero que conduce a la gran casa, me ha cogido de la mano y me ha besado. Ha sido lo más emocionante del día y creo que voy a soñar con ese momento el resto de mi vida.
En un primer momento intenté resistirme, pero cuando me apretó contra su pecho, no pude hacer otra cosa que dejarme llevar, Dios que lo hice y deseo hacerlo por el resto de mi vida.

Oakmusk domingo 6 de febrero de 1820,
Plasmando recuerdos…
Tom me ha propuesto matrimonio hoy durante nuestro paseo. Yo no he sabido qué decir, lo único que se me ha pasado por la cabeza es cómo contárselo a mi padre. Me ha dado la risa al pensar en la cara de despiste de papá cuando le diga que es Tom y no John con quien quiero casarme.
En cuanto a la cuestión de trasladarme a la mansión a vivir y a trabajar, creo que es buena idea, dice Tom que necesitan personal femenino para el mantenimiento de la casa, que él podría recomendarme a la señora Monroe, el ama de llaves y que así podríamos vivir juntos en la casa anexa a la mansión habilitada para la servidumbre. Esto no creo que guste a papá, pero le dejaré claro que vendré a verle cada semana sin faltar.
Tengo un poco de miedo, todo parece muy precipitado, pero a la vez no puedo evitar sentirme excitada por la incertidumbre de los acontecimientos que intuyo van a significar un enorme cambio en mi vida.
**
Henry Tanenbaum levantó despacio la mirada del diario, esta primera parte no le aportaba respuestas a las preguntas que esperaba encontrar, además se sentía violento porque entendía que se estaba entrometiendo en la vida privada de Tina. Esta mujer le había acompañado en parte importante de su vida, creía que la conocía con profundidad, pero se estaba dando cuenta tras esa primera lectura, que nunca vio más allá del uniforme.

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Lo que dura una clepsidra. Ilustraciones: Juan Carlos Porras Funes @zendalibros #Historiasdeamor

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Llenó el recipiente de agua hasta la marca para, a continuación, abrir el orificio  y que fluyera pausada, sin premura. Colocó debajo un cuenco de barro decorado con filigranas que asordinara la caída, a veces, no siempre, el goteo incesante le resultaba molesto al escribir.
No se demoró, tomó un pliego de papel sabiendo que lo que durara la clepsidra era el tiempo del que disponía para escribir su epístola.

Mi querido,
Mucho me ha costado llegar a mi cita contigo. Cada vez ando más ocupada en todo y en nada, porque siento que es nada lo que hago si no me satisface. Madre me insiste en que debo aprender mil y un oficios que no me despiertan el más mínimo interés y yo me rebelo diciendo que me gustaría vivir cual ganapán, sin pensar en nada más que en las historias que revolotean en mi mente, compartiéndolas contigo, mi amor.

Echo de menos tu calor, tu compañía, tus ganas,  tú ya lo sabes. Debo apresurarme, se acaba mi tiempo por hoy, ojalá vuelvas pronto.
Espero tu carta.

Dobló su papel, al tiempo que miró hacia atrás comprobando que la última gota de agua se disponía a caer.

Mi querida,
me apresuro en mi respuesta, como si eso adelantara nuestro encuentro.

También es dura mi jornada, más no tanto como el dolor que tu ausencia me provoca.
A veces, cuando el sol ya no calienta, acudo a la espelunca donde por casualidad nos conocimos y rememoro las horas a tu lado, conversando, llenándote de amor y de caricias.
Vienen a mí las historias, nuestras historias, con placer construidas con placer compartidas. Saboreo entonces la ambrosía de saberme inmortal en tu recuerdo, dónde por mucho que suceda sé que perduro.

Me reclama el tiempo de mi clepsidra, al que me debo.
Te echo de menos, tú ya lo sabes, volveré pronto no lo dudes.

No acudió el agua al lugar que la esperaba.