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Lo que dura una clepsidra. Ilustraciones: Juan Carlos Porras Funes @zendalibros #Historiasdeamor

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Llenó el recipiente de agua hasta la marca para, a continuación, abrir el orificio  y que fluyera pausada, sin premura. Colocó debajo un cuenco de barro decorado con filigranas que asordinara la caída, a veces, no siempre, el goteo incesante le resultaba molesto al escribir.
No se demoró, tomó un pliego de papel sabiendo que lo que durara la clepsidra era el tiempo del que disponía para escribir su epístola.

Mi querido,
Mucho me ha costado llegar a mi cita contigo. Cada vez ando más ocupada en todo y en nada, porque siento que es nada lo que hago si no me satisface. Madre me insiste en que debo aprender mil y un oficios que no me despiertan el más mínimo interés y yo me rebelo diciendo que me gustaría vivir cual ganapán, sin pensar en nada más que en las historias que revolotean en mi mente, compartiéndolas contigo, mi amor.

Echo de menos tu calor, tu compañía, tus ganas,  tú ya lo sabes. Debo apresurarme, se acaba mi tiempo por hoy, ojalá vuelvas pronto.
Espero tu carta.

Dobló su papel, al tiempo que miró hacia atrás comprobando que la última gota de agua se disponía a caer.

Mi querida,
me apresuro en mi respuesta, como si eso adelantara nuestro encuentro.

También es dura mi jornada, más no tanto como el dolor que tu ausencia me provoca.
A veces, cuando el sol ya no calienta, acudo a la espelunca donde por casualidad nos conocimos y rememoro las horas a tu lado, conversando, llenándote de amor y de caricias.
Vienen a mí las historias, nuestras historias, con placer construidas con placer compartidas. Saboreo entonces la ambrosía de saberme inmortal en tu recuerdo, dónde por mucho que suceda sé que perduro.

Me reclama el tiempo de mi clepsidra, al que me debo.
Te echo de menos, tú ya lo sabes, volveré pronto no lo dudes.

No acudió el agua al lugar que la esperaba.

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Miles de años después (IV).

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Nada sucedió, lo que le produjo alivio. Comprendió la importancia de la decisión que había tomado al regresar, ahora retornaría tranquilo, sin dejar lugar a la duda, como si nada hubiera pasado.
Se marchaba cuando un escalofrío se apoderó de él, amarrándolo al suelo, no pudo más que tumbarse de nuevo. Allí estaban, fijos en él, suplicantes, los globos que lo atormentaban. No podía moverse y se sentía incómodo al no tener control sobre su cuerpo. Solo podía dejarse llevar. Los globos le mostraron una sucesión de imágenes de seres con rostros semejantes al que tenían delante pero a la vez distintos. Mostraban parajes diversos, a veces hermosos los más y a veces desolados, supuso que lo que visionaba serían otras especies, otras vidas, infinidad de ellas. La visión de lo que parecían escenas cotidianas de alguna manera produjo en él un extraño efecto, percibió sentimientos diferentes, ternura, amor, aunque no estaba seguro. El miedo inicial de los primeros contactos no estaba presente en ese momento, todo le resultó agradable, aunque no duró mucho. Tras estas visiones vinieron otras con un cariz no tan amable, el fuego y la destrucción se apoderaban de todo, apenas quedaban edificios en pie, los rostros de sufrimiento y desesperación de algunos supervivientes eran más que aterradores, sin duda era lo más horrible que jamás había visto.
-Tienes que ayudarnos, sé que estás ahí y que me entiendes- escuchó atónito.
-Estamos abocados en poco tiempo a esto que te acabo de mostrar, no sé cómo, no entiendo por qué, pero eres el único que puede hacer algo para ayudarnos. Seguiré en contacto, no nos queda mucho tiempo.

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Miles de años después (III).

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(Miles de años después).
La regeneración no había funcionado. Debía informar a sus superiores de las deficiencias. En la mayoría de las ocasiones la sensación de bienestar se prolongaba por un espacio temporal amplio. El retorno suponía una liberación, pero no en este caso, donde seguía percibiendo con más intensidad si cabe una emoción perturbadora que lo alteraba. Era una petición de ayuda proveniente de miles de años atrás, como si en ese preciso lugar una oquedad espacio-temporal tuviera lugar, pero esto eran solo elucubraciones. Se preguntó si debía consultar sus hipótesis con algún superior o tal vez debía retornar a aquel planeta. Optó por la segunda, estaba seguro que algo en esa atmósfera alteraba sus percepciones, utilizaría medios de protección especiales esta vez.
(Miles de años antes).
-Doctor Couper, ¿cree usted que es posible comunicarse con un ser de otro planeta, con alguien de otro momento, puede que de millones de años después de este “ahora”?.
Couper permaneció en silencio durante un rato interminable, analizaba en su cabeza la remota posibilidad de comunicación con una especie procedente de otro planeta, más aún se le hacía incompresible esa posibilidad si se refería a otro tiempo tan lejano.
-Creo Martín, que esto que me dices me supera. No quiero desanimarte ni que tengas la impresión de que no te creo, solo que se me hace inimaginable tal posibilidad. -Continuó en silencio, meditando de nuevo. El niño jamás mentía y esto no parecía fruto de una imaginación desbordada, el niño hablaba con la seguridad de un científico en posesión de pruebas empíricas que avalasen una teoría.
-Doctor Couper, no invento nada, si hay alguna posibilidad está ahí fuera, debo intentarlo y usted debe ayudarme.

(Miles de años después)
Era molesto el recubrimiento a modo de segunda piel que utilizó, pero estaba convencido de que debía protegerse, aislarse de las radiaciones y del posible efecto que ejercieran sobre su organismo. Esta vez no iría desprovisto, no se expondría más de lo necesario. Había decidido retornar una última vez y desquitarse de alguna manera de tanta incertidumbre, necesitaba datos concretos, certezas, no podía utilizar suposiciones o intuiciones si se decidía a trasladar a sus congéneres lo sucedido.
En el viaje de retorno de nuevo una hipótesis le empezó a rondar la cabeza.
-Y si…,-dudó un momento-¿y si de alguna forma fuera posible esa comunicación?- estaba dando la oportunidad a una teoría desprovista de rigor de asomar a su mente.
-Si ese ser ha conseguido comunicarse conmigo, ha de ser posible. ¿Y si pudiera atender sus súplicas y de alguna forma ayudarle?, ¿qué supondría esto, como afectaría un cambio de este nivel al resto del universo, se vería afectado?.
Dedujo que en el intervalo de tiempo concreto en el que sucedían los hechos algo grave estaba pasando, dedujo que debía ser de gran relevancia para la supervivencia de la especie puede que del planeta y concluyó su planteamiento con una suposición sobre la excepcionalidad del ser que contactó con el.
Pero si el intervenía, entonces ¿cómo afectaría ese intervención al instante actual, alteraría su presente?dedujo que no era posible modificar el rumbo de un momento pasado, aunque miles de dudas lo asaltaban de nuevo.

Se acercó a la zona caliente, aproximó su cuerpo y esperó.

(Miles de años antes)
En un recóndito paraje de la Selva negra, una cabaña de madera con todos lo necesario para permanecer unos meses les aguardaba. La llave estaba en el lugar acordado, la leña apilada en el hueco de las escaleras y un papelito sobre la mesa manuscrito con indicaciones sobre el funcionamiento de algunos electrodomésticos destacaba al entrar. Era una casa acogedora, sin lujos pero limpia.
Tras deshacer el equipaje encendieron el fuego de una gran chimenea que adornaba la sala. Telma preparó un caldo caliente al que se asieron para recuperar la templanza de ánimo y aclimatarse al frío que los atería.
Telma intentó un par de veces iniciar conversación pero sus interlocutores permanecían en silencio, tal vez cansados, tal vez absortos en sus pensamientos.
-El bando del este está preparado para iniciar el ataque, no queda mucho doctor, tiene todas las armas nucleares dispuestas de manera que no quede un país del bando contrario indemne del ataque. Por su parte el bando del oeste arrasará primero las centrales nucleares para seguidamente destruir cualquier núcleo de población. Todo es un disparate, pero es lo que veo doctor, es lo que nos espera. Ellos son conocedores de estos hechos, hace tiempo que les hice llegar mis visiones, me encargué de redactarlas con todo tipo de detalles para que fueran conscientes de lo que sucederá. La información que suministré solo era conocida por el estado mayor. Ahora me buscan, quieren utilizarme como arma, quieren que les diga lo que se de cada uno para así lograr la victoria. Pero están tan equivocados doctor…
Couper intentó tranquilizarlo cuando contempló preocupado como el crío rígido comenzó a emitir un gemido gutural escalofriante, los vibratos procedentes de su diafragma no parecían humanos. Tenía los ojos en blanco y parecía que de un momento a otro perdería la consciencia. Su madre se acercó para intentar que volviera en sí, se disponía a zarandearlo pero el doctor la paró en seco.
-Déjelo Telma, no debe tocarlo ahora.
Pasados unos instantes volvió en sí.
-¡Ha vuelto, doctor!- dijo con la más absoluta normalidad, tenemos mucho trabajo por delante y poco tiempo.

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Miles de años después (II).

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(Miles de años después)
—¡Ayúdame a parar esto!,¡ayúdame a parar esto!—Repitió para sus adentros una y otra vez mientras miles de cuestiones sin respuesta lo aturullaban. Decidió calmarse, sintió inquietud. No era posible sentir inquietud ¿ o si?, él ahora la estaba sintiendo, ¿estaba nervioso, podía ser eso?. Su especie era el resultado de miles de años de evolución, su genoma modificado y adaptado para sobrevivir en multitud de escenarios desfavorables, y en ese instante se sentía ¿nervioso?.
—¿Es posible que ese ser, ese sentimiento se esté comunicando conmigo? ¿cómo ha podido hacerlo? ¿ se trata de una especie primitiva?,¿estará catalogada?,¿es posible que el mensaje provenga de…, de otro momento en el tiempo?.
Logró avanzar tras un largo instante de pesadumbre donde se cuestionó por primera vez en su vida todo lo conocido.

(Miles de años antes)
—Me ha escuchado, lo se—se sintió aliviado.
—Este es el camino—sonrió mientras en su cabeza daba forma a una especie de táctica con la que frenar el despropósito humano que adivinaba.

(Miles de años después).
Regresó a la nave, se desprendió del traje a la par que activaba un autochequeo. Las constantes vitales eran normales, la radiación no había afectado a su sistema inmune, había funcionado como esperaba.
Por el inmenso panel frontal contempló reflexivo la belleza perturbadora de aquella masa planetaria, quiso imaginar como podría haber sido la vida allí tiempo atrás, imaginó seres de aspecto parecido al de su visión y desconcertado recordó el dolor que había sentido.
Decidió desconectarse y regresar a la base, a veces los extremos a los que otras atmósferas sometían a los cuerpos podrían generar ligeras anomalías en ellos.
—Se deberá a la radiación, cuando regrese me someteré a una regeneración, no debí quitarme el traje.

(Miles de años antes).
Martín se supo abandonado, el plan que intentaba llevar a cabo no contaba con la deserción de una de las partes. Debía volver a captar su atención pero, ¿cómo? Si no estaba seguro de nada.
Por otro lado, tras zafarse en varias ocasiones de la persecución a la que estaba sometido, entendía que no tardarían mucho en dar con él. Ambos bandos eran conscientes de que ese crío, podría ser determinante a la hora de alcanzar la victoria.

(Miles de años después).
—No hay nada como regenerarse—pensó. Se sentía bien, aliviado. Las regeneraciones consistían en una especie de reseteo o reinicio físico y psicológico corrigiendo deterioros de la forma física, descargando el sistema nervioso de las posibles situaciones de estrés debidas a largos viajes exploratorios.
Se creyó a salvo, de regreso de una pesadilla, dando por hecho que todo había sido fruto de una alteración significativa.
(Miles de años antes).
—Si al final sucede lo que parece inevitable, no habrá lugar en el mundo donde guarecerse, no servirán refugios ni búnkeres, no quedará nada, no hará falta huir, todo será destruido—dijo apesadumbrado el periodista.
La madre de Martín lo miró de reojo, con curiosidad, como queriendo ver en él a un salvador, a un superhéroe que de alguna forma consiguiera parar todo esto. Recordó el rostro de su bebé marcado en su barriga cuando estaba embarazada, los dibujos que con sus dedos hacía desde el interior de su vientre hinchado a punto de dar a luz. Nunca dijo nada por miedo a que la tomaran por loca, como tampoco fue capaz de contar a nadie que no sufrió durante el parto, que por el contrario fue una experiencia placentera. Había pasado la vida callando, ocultando al mundo lo que ella no quería que se supiera, hasta que llegó la hora de ir al colegio, allí saltaron todas las alarmas. Pero ella sabía cosas, ella había vivido junto a su hijo lo que nadie imaginaba y solo ella era capaz de comprender la grandeza de ese pequeño ser que tenía frente a sus ojos.

(Miles de años antes).
—¡Martín, Martín! ¿Estás ahí?—Se escuchó junto a unos golpes en la puerta.
Madre e hijo se miraron con miedo, les resultó increíble que hubieran conseguido dar con ellos tan pronto.
—No tengáis miedo he venido a ayudaros, soy el doctor Couper, por favor abridme la puerta.
Telma reconoció el tono de voz del científico que durante un tiempo estuvo destinado a dirigir el estudio sobre su pequeño. De aspecto amable, siempre los trató con agrado, Martín se mostraba tranquilo cuando estaba a su lado a pesar de que era un crío en exceso reservado.
—¡Doctor Couper!— gritó Martín al escucharlo lanzándose a abrir la puerta.
—¿Cómo ha dado con nosotros, doctor?-inquirió la madre.
—¿Está seguro de que no lo han seguido?. ¿Podemos confiar en usted?
El doctor contestó con calma a cada una de las cuestiones.
—Debéis confiar en mí, nadie más que yo os podrá ayudar. Este sitio no es seguro, a decir verdad seguro no hay nada, me acompañareis a un sitio que aunque no nos pondrá a salvo nos dará tiempo para pensar, que es lo que necesitamos.
Couper llevaba más de la mitad de su vida trabajando en proyectos científicos de alto nivel relacionados con capacidades humanas extraordinarias, comunicación telemática así como otros aspecto de similar índole. Durante ese tiempo había recorrido multitud de países y conocido en igual número a las gentes que los poblaban. Su carácter afable y su generosidad, le habían abierto las puertas de más de una casa, no tendría problemas en disponer de más de un lugar donde esconderse sin mediar ningún tipo de pregunta.
Durante el viaje Martín contó al doctor las curiosas visiones que a veces tenía, refiriéndole el intento de comunicación. No supo dar una explicación exacta de cómo lo hizo, sin embargo lo único que acertó a decir es que sabía cómo hacerlo.
Couper quedó pensativo durante un rato, de todos sus pacientes este crío se reveló como un gran caso, tenía constancia de una parte de sus destrezas, pero eso que le estaba contando se escapaba a toda lógica, a todo lo posible.
(Miles de años después).
—¡Ayúdame a parar esto!¡ Ayúdame a parar esto!—de repente recordó los enormes globos cristalinos fijos en él.

 

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Un extraño caso de enamoramiento. (Concurso Zenda: Historias de miedo).

La miró conmovido, ella inmóvil sobre el frío mármol mostraba los rastros de una vida que ya no existía. Miró la etiqueta que colgaba del dedo pulgar de su pie derecho, se acercó con curiosidad.
-Sophie, 23 años, encontrada muerta en un descampado, sin signos de violencia aparente. Nadie había reclamado su cadáver.
Rozó sin querer su helada piel al dejar caer la etiqueta,- suave- se dijo. La proximidad le dio una nueva perspectiva, le maravilló la dulzura de su expresión, la belleza de unos rasgos tan personales como únicos, sintió que aquel no era un cadáver más de los que a diario llegaban a sus manos. La recorrió de nuevo, buscando una perforación, algún orificio, sin querer reconocer que quería demorar el siguiente paso.
-Ojalá conociera el secreto de la vida, ojalá pudiera darte una nueva oportunidad, ojalá te hubiera conocido antes- no pudo continuar, un nudo en la garganta lo ahogaba. A sus cuarenta y tantos años y después de una dilatada carrera profesional donde había tenido que lidiar con todo lo imaginable, jamás había sentido eso que sentía.

La imaginó sonriendo, llorando, tal vez cantando ¿ocupándose de unos hijos?, no, era muy joven. La soñó suspirando, jadeando abandonada en unos brazos, en muchos brazos, en ninguno.
Su cabeza imaginó miles de escenarios posibles, la trasladó a todos y cada uno ellos, no encajaba en ninguno más que en un hueco a su lado. Se tumbó en su cama vacía y se sorprendió con ella a su lado mirándolo tranquila, su cabello se desparramaba sobre su vientre desnudo la sintió, la acarició, se dejó.
Cuando regresó de su fuga mental acercó su nariz sobre su cuello, apenas podía percibirse el suave aroma a colonia infantil que la ropa había filtrado a su piel ahora desnuda. Se acercó más olfateando cualquier rastro de lo que fuera su olor, el suyo, el que nos es propio, la reconoció en él.

Con el bisturí en la mano se preguntaba si sería capaz de hacerlo, de romperla y mirarla por dentro. No quería, ella no era como los demás, observó cómo le temblaba la mano cuando se disponía a abrir su pecho.
-¡No puedo, no quiero!- gritó a sabiendas que nadie podía escucharlo, no había nadie más por allí.
Retendría solo el perfume que instantes antes hizo suyo, no guardaría el olor de su sangre como recuerdo, ni el de sus entrañas evisceradas.
-¡Esto no puede ser verdad, no me puede estar pasando esto, ahora que la he encontrado!- y siguió contemplándola.
De repente sintió la necesidad de comprender qué le había sucedido, por qué estaba allí fría y abandonada, dejó el bisturí junto al resto de utensilios y la giró con mucho cuidado, con amor.
-Muslos y resto de extremidades inferiores sin anomalías destacables. Espalda y glúteos bien,  -dijo mientras retomó el oficio que detestó un instante anterior. Se detuvo espantado cuando descubrió tatuadas en la parte interna del muslo derecho las palabras: “No tengas MIEDO, resucítame”.

Al volver a mirarla, de nuevo su cabeza se perdía en hipótesis rancias e incoherentes.
– Y si…,- recordó casos de resurrecciones espontáneas tras varias horas muertos documentadas en tomos antiguos, se aferró a venenos y contravenenos de novelas fantasiosas como el que Montecristo dio a los enamorados, ¿por qué ella no, por qué?
Como alma que lleva el diablo, se fue al cuarto donde un camastro le servía a veces de descanso y tomó con furia la manta que lo cubría. Volvió a la sala de autopsias desnudándose, de un salto se sentó en la camilla de mármol y la tomó entre sus brazos acercándola a su cuerpo, cubriéndole las espaldas.
Se meció, la meció acurrucada en su pecho, musitándole al oído canciones de amor.

-Ne me quitte pas.
Un frío atroz le devolvió la lucidez, estaba helado. Se avergonzó de si mismo, “un hombre de ciencia”, se dijo mientras se contemplaba ahora tiritando desnudo con un cadáver entre sus brazos.
Su mirada se desvió hacia el rostro de Sophie, todo se nubló de nuevo en su cabeza, como un sonámbulo hizo un esfuerzo supremo y la llevo hasta la cama donde la depositó suavemente cubriendo con la manta su cuerpo, se tumbó junto a ella, como en su visión, solo que ahora ella no sonreía.
Le desplazó con las manos el pelo tras la nuca, haciendo un recogido para que el pelo no le ocultara el rostro que lo perturbaba. Fue en ese momento cuando aquel rostro se le hizo familiar, lo había contemplado antes, no por mucho tiempo, pero ¿dónde?, ¿en qué lugar se había cruzado con ella?
Se acurrucó a su lado, la gelitud de su piel no lo frenaba, un impulso primitivo entre sus piernas se hizo presente, pero  se resistía a profanar lo que le era sagrado.

-Doctor Brel, ¿está usted ahí?- y unos golpes acompañaron el llamamiento.
-Doctor Brel- insistía.
Despertó angustiado y se encontró espantado por la situación; recordaba, si que recordaba pero, ¿hasta dónde?. No estaba seguro si había sido capaz de…
-Doctor Brel ¿se encuentra bien?
-Sí, si, no me moleste he pasado mala noche, por favor disculpe.
-¿Necesita algo, le traigo un café?
-No por favor, déjeme descansar.
-Tiene la ropa tirada por la sala de autopsias ¿se la acerco?-musitó de forma cómplice y algo jocosa.
-No es necesario- el tono no dejo lugar a dudas.
-Ya sabe donde encontrarme, si necesita algo me lo comunica- Parecía que no se iba a marchar nunca de allí.
Cuando por fin pudo serenarse se incorporó cubriéndose con la manta, ¿qué me has hecho Sophie? se preguntaba contemplando como su tez se empezaba a deteriorar por el paso del tiempo y el aumento de temperatura.
-¿Qué hago ahora, cómo puedo vivir sin ti?-y un pensamiento absurdo el más absurdo de todos los que esa noche había tenido se le pasó por la cabeza. No era capaz, era demasiado cobarde para tomar una decisión tan drástica, eso no…

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Miles de años después.

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(Miles de años después).
Las muestras obtenidas y su minucioso análisis eran evidentes: Incompatibles con la vida en un intervalo no inferior a unos miles de años.
Los datos certificaban que la radiactividad residual no era ningún fenómeno debido a la naturaleza propia del universo, era artificial sin duda y esto lo desconcertaba.
Con la luz de la estrella retornó a la superficie, se quitó la protección de sus extremidades y aún a riesgo de ser dañado palpó aquella zona que se repetía a cada instante en sus pensamientos, aquel lugar lo perturbaba.
-¿Qué pasa aquí?- se dijo mientras apretaba la superficie arenosa, la aplastó y permaneció atento, como a la escucha.
Una tristeza extrema le inundó, lo invadió por completo.

Reconocer el sentimiento le provocaba una enorme curiosidad. Era consciente de que en civilizaciones, especies antecesoras y extraplanetarias habían existido estas sensaciones, condicionado su existencia, pero ellos consiguieron dominar estas alteraciones e implantar la razón y el conocimiento como las únicas certezas absolutas, haciéndolos perdurables.
En un impulso fuera de toda lógica se desprendió del traje volviendo a desparramar su cuerpo sobre el terreno, ahora la superficie de contacto era mayor y sin sorpresa percibió perfectamente la aflicción que emanaba a pulsos, bombeante.
De repente captó algo diferente, una imagen se unía al estímulo en forma de sentimiento ,lo invadió, impregnándolo por completo.
Era un ser pequeño, de toda su fisonomía una especie de globos brillantes fueron los que captaron su atención.
Estaban fijos en él, como si pudieran verlo, como si tuvieran la certeza de que era observado; notó el dolor de aquel ser allí atrapado.

(Miles de años antes).
-Los hemos citado para comunicarles el resultado del informe orientador del centro acerca de las extraordinarias capacidades de su hijo- sentenció el director, sentado en la mesa de reuniones del despacho acompañado por el jefe de estudios y el psicólogo del colegio.
La madre apretaba las manos humedecidas, en espera de que aquella conversación hiciera luz, en la oscuridad que suponía para ella algunos aspectos desconcertantes que venía observando en su pequeño.
Tomó la palabra el orientador:
-El informe es concluyente, la superdotación de su hijo es evidente, pero quería matizar que, lo que no somos capaces de deterimg_20161009_171207minar, porque no existen pruebas específicas, es la extraordinaria sensibilidad que posee. No podría darle más información por el momento. Tengo que averiguar de dónde viene o qué es lo que lo hace tan diferente, extremadamente sensible a percepciones que el resto de humanos ni entendemos ni somos capaces de imaginar.
Ya en casa sin mediar palabra se dirigió a su madre:
-Mamá- acabó por decir- ¿De verdad no hay solución para todo esto? ¿Vamos a acabar de esta manera?.
-¿Qué me cuentas cariño? ¿De qué estás hablando?- y contempló atónita cómo dos lágrimas bordeaban su rostro horrorizado.
-¡No sufras mi amor!, no va a pasar nada, seguro que es el recuerdo de un mal sueño, yo estaré siempre a tu lado, cuidaré de ti.
-Y a los demás, ¿también podrás cuidarlos?- afirmó enmudeciendo de golpe.
Conforme pasaban los días la madre observaba inquieta como su pequeño emprendía una marcha interior, aislándose cada vez más.
-Mamá, ahora entiendo por qué es inevitable.—musitó un día retornando de su viaje interior.
-Martín, no digas eso, ya te he dicho muchas veces que no me gusta que me hables de esas cosas.
-He decidido que no volveré a participar en ningún estudio, ya saben cómo soy, tienen información más que suficiente aunque sean incapaces de comprender.
-No podemos negarnos, cariño, esto se ha convertido en un asunto de estado, es imposible decir que no, no van a dejarnos tranquilos.—advirtió mientras se paseaba inquieta de un lado para otro.
-Si lo harán-afirmó Martín.—Su mirada perdida erizó la piel de su madre, perdida entre la multitud de recovecos que adivinaba en la mente de su pequeño.
Hacía meses que los medios de comunicación, discretamente, relataban lo terrible de la situación. Con órdenes precisas para no alarmar ni sembrar el pánico, destilaban con cuentagotas pinceladas sobre el despliegue de tropas y armamento que se estaba llevando a cabo por los bandos.
Martín conocía de antemano cada paso que iba a tener lugar, tipo de operación, armas nucleares y posicionamientos. Intuía lo que en poco tiempo sucedería inevitablemente, y lo más traumático para él, es que era consciente de que no podía hacer nada, solo un curioso pensamiento lo evadía de tan terrible escenario: se sentía observado.
-Tengo que pedir ayuda, no puedo solo, no puedo parar esto solo-repetía desesperado mientras percibía de nuevo la presencia de ese algo que a veces en sueños y otras despierto parecía contemplarlo con el mismo asombro.
-¡Ayúdame a pararlos, tenemos que hacerlo, esto no puede acabar así, no sé cómo, dime cómo! – se sorprendió gritando mientras su rostro se llenaba de lágrimas.
Por un instante, atendió al cariz de su naturaleza, se sabía diferente, decidió que recurría a las peculiaridades que les habían sido dadas para intentar hacer algo, por muy disparatado que fuera.
De nuevo lo vio, ese algo estaba ahí, mirándolo perplejo y sin saber cómo, en un acto reflejo tal vez, de su interior partió un sonido reverberante y perturbador, sin sentido quizás para cualquiera que lo escuchara, pero que estaba seguro que ese ser proveniente de otro momento, otro lugar, entendería.
(Miles de años después).
-¡Ayúdame a parar esto!
Se dejó caer hacia atrás sorprendido por el contenido del mensaje…

 

 

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La máquina de hacer cosquillas.

Nunca había contado esto antes. Lo primero que recuerdo era un olor, sí, olía a teta pero no conseguía ver nada, solo sé que estaba en un lugar confortable y que una tetica deliciosa me estaba llamando a través de su olor, así que mi nariz me guió hasta ella, tierna, esponjosa y maravillosamente perfumada. Nada más detectar que estaba cerca mi boca se abrió solita de par en par buscando su premio, “cataplás” me dije para mi, aunque lo que realmente se oyó fue “uauau”, o lo que es lo mismo, un dulce gemido de bebé recién extraído de su piscina de caldito templado.
Ya satisfecho por lo que sabía había sido todo un éxito para alguien de mi edad, me dispuse a extraer de mi chupete el ansiado elixir, uf, para que os voy a engañar, esto parecía mucho más fácil cuando la matrona de mi madre lo explicaba en sus clases preparatorias para el parto.
Volví a repetir mi chupetón extractor de tetica calentica y ahí estaba eso, un líquido viscoso y pegajoso que a decir verdad no estaba mal, pero distaba mucho de llamarse leche, pero vamos estoy recordando, eso es todo.

II

Seguía sin ver nada después de un buen rato, comencé a moverme de manera nerviosa y mi madre empezó a acariciarme como gesto tranquilizador, aquí es donde me pierdo, porque no estoy seguro de que lo que me sucedió fuera normal. La piel se me erizó de golpe, un escalofrío maravilloso me recorría el cuerpo siguiendo las huellas de sus dedos, perdí el apetito dejándome llevar por las emociones, este fue realmente el comienzo de mi vida, estoy seguro, a partir de aquí empezó todo.
Aprendí de pronto un juego la mar de divertido, cuando dejaba de acariciarme yo como protesta empezaba a llorar. Ella pronto se dio cuenta de mis peticiones y presta corría a satisfacer los caprichos de su joven hijo con apenas instantes de vida. Era primeriza, en estos casos todo juega a nuestro favor, atención plena y necesidad de convertirse en la mama perfecta. Me amaba aunque todavía no sabía cuánto, estaba en la fase de preguntarse si aquello que ahora tenía frente a ella y que le mordisqueaba los pechos, había salido de su barriga. No más extraña era la mía, después de nueve meses me he visto transformádome de una habichuela con ojos a una habichuela con ojos a la que le van saliendo pies, brazos, orejas nariz y por supuesto la boquita extractora de tetica.
Me perdí entre sus dedos, en sus caricias juguetonas que me recorrían de arriba abajo parándose en cada pliegue para recorrerlo despacio con inmenso amor, no podía evitarlo me volvían literalmente loco. El juego de “o me haces cosquillas o lloro” me duró un par de días. Mi madre cayó rendida al tercero, vencida por el sueño y el cansancio. En su auxilio apareció lo que en ese instante identifiqué como a mi padre, muy servicial, con mucho interés porque no llorara y dispuesto a realizar su tarea poniendo sus cinco sentidos.
Ja, ja y ja, todavía me estoy riendo, ¿dónde está mi mami? ¡este es un farsante!. Lo primero que debería haber hecho es cortarse la uñas, me propinó un arañazo en el muslo que todavía me acuerdo, menudo respingo. Protesté y protesté pero mi madre parecía no volver en sí, seguía grogui, no la veía pero la oía roncar.
Este es un resumen de lo que fue mi primer día de vida, el día en el que descubrí para lo que había nacido y qué hacía yo en este mundo, estoy aquí para que me hagan cosquillas, así de simple.

III

En los meses que siguieron, mi madre me mostró su infinito amor cada día y cada noche. Me contemplaba incrédula, enamorada de su mejor obra, la única, la verdadera.
En cambio mi padre, pasó de verme como el digno sucesor de sus encantos, el heredero de sus dotes, a observar aterrado que lo que tenía en casa era la peor de sus pesadillas, un rival con el que no podía competir y que le estaba arrebatando todo, a su mujer, su descanso y lo que hasta hacía poco habían sido sus pechos, aquellos por los que moría.
Mi madre pasaba los días recorriendo con la yema de sus dedos el circuito, que había comenzado por la planta de mis pies, recreándose en los espacios interdigitales, con movimientos suaves, apenas me tocaba, dejándome desparramado bocarriba, con un hilito de baba que descolgaba de la comisura de mis labios hacia el suelo. ¿Levité?, puede que sí, aunque no fuera consciente en ese momento.
Otras veces eran golpecitos rítmicos, armónicos, acompañados de una alegre coplilla que me hacían volver en sí, recuperándome de mi éxtasis. He de decir, en honor a la verdad, que la rutina termina aburriendo, y ella fue perdiendo destreza en sus manejos, no se esmeraba como los primeros días y ésto se dejaba notar. He decir también, que observé un desmejore en sus facciones, parecía paliducha y con un tono blancuzco en sus mejillas. Tanto amor daña, ahora lo entiendo.
Mi madre en su desesperación, (mis exigencias iban en aumento), comenzó a utilizar artilugios sustitutivos que aumentaran mi placer, plumas, hojas de árboles, rastrillos playeros, tenedores de plástico, la pieza del rey del tablero de ajedrez, y un sinfín más de objetos inimaginables que no alcanzo a recordar.
De pronto me pasó como a Jesucristo, tengo un lapsus mental de unos cuantos años, no recuerdo nada hasta el día en que sentado en el pupitre del colegio, cuando andaba rondando los seis años, me dio por tocar en la pierna al compañero de mi derecha, al que guiñándole un ojo y torciendo mi cuello en gesto afectuoso, le ofrecí mi bocadillo de chocolate a cambio de unas cosquillas bajo la mesa en la palma de mi mano. Me sorprendió su delicadeza, lo hacía francamente bien.

IV

Mi vida en el colegio a partir de este instante se hizo más llevadera, pasaba las clases extasiado con intervalos de lucidez. Cuando el calor me hizo desnudar los brazos, mostré a mi compañero la nueva autopista del placer, esto me costó complementar el bocadillo con alguna chocolatina, las condiciones del contrato habían cambiado y así me lo hizo saber. Al final del curso mi compañero lucía visiblemente más lustroso y yo visiblemente más escuálido. Un par de inyecciones de vitaminas fueron el precio a pagar.
El curso siguiente decidí continuar con mi estrategia, pero la adversidad se cebó conmigo. El nuevo compañero no cedió a mis propuestas, lo odié por ello. Don Ricardo, el maestro, me lanzaba las tizas de dos en dos para atraer mi atención p5durante mis escapadas mentales, con la mala suerte de que su falta de acierto casi acaba con la visión del ojo izquierdo de mi vecino de mesa.
Aquella mañana al levantarme para salir al recreo vi un papel doblado sobre mi mochila. Alguien me citaba en el patio tras el árbol de la esquina, en la parte más escondida del recinto vallado. No entendía nada pero me di prisa en llegar a mi destino, intrigado por la nota anónima. Allí estaba ella, una niña de mi clase del curso pasado, apenas crucé una palabra con ella, apenas la recordaba, pequeñita, de tez pálida y con una trenza larga y rubia recogida en la parte posterior de su cabeza.
-Siéntate y cierra los ojos,- dijo al verme.
No sé por qué pero no dudé en hacerle caso. Ella tomó su cabello trenzado y humedeció en la boca la punta pincelada de su pelo, comenzando a recorrer el óvalo de mi cara, despacito. Intenté abrir los ojos para tratar de entender, pero ella me paró en seco chistando bajito. Noté como la brocha de pelo se ensañaba con mis párpados, insistiendo en el vértice exterior de mis ojos, descendiendo por mi nariz cosquilleándola de forma especialmente grata, terminando por mis labios que se abrían agradecidos.
-El año pasado me sentaba detrás de ti, sé lo que te gusta. Te espero mañana a la misma hora,- marchándose a continuación, dando saltitos.
Fue el día que tomé la primera decisión importante de mi vida, dejarme el pelo largo. No fue fácil, tuve que montar un espectáculo lacrimógeno esperpéntico cada vez que mi madre entraba en la barbería. Me revolcaba por el suelo chillando y gritando como un loco intentando impedir que el barbero con cara de asombro realizara su trabajo.
-Señora, yo así no puedo trabajar, tenga usted en cuenta que lo que llevo en las manos son unas tijeras.- eludiendo realizar corte alguno.
Mi madre, desesperada por mantener la imagen pulcra y masculina de su vástago, despotricaba contra mi – “¡cualquier noche te corto esos pelajos de perroflauta que te empeñas en llevar”!,- para entonces se había producido una separación importante de la que un día fue “mi mami”.
A decir verdad ya no me dedicaba horas interminables, hacía tiempo que a casa había llegado “esa mole de carne cagona”, si, la ladrona de mamis, una pequeñaja que apenas podía andar y a la que mamá dedicaba sus desvelos. Me uní a mi papi como nunca antes lo había hecho, ahora lo entendía perfectamente, comprendía su soledad.
-¡ Mamiiiii!, ¡Cuánto te echo de menos!.
Estoy exagerando un poco, tenerla la tenía, pero no tan como antes.
Día tras día se repetían las caricias a escondidas en el patio, la primavera permitió a María explorar nuevos lugares de mi anatomía, la parte posterior de mis rodillas, mi cuello desabrigado, y algunas veces, sobre mi fina ropa repasaba el mapa de mi cuerpo con su trenza. La dejé subir mi camiseta, dejando al descubierto mi espalda, ella dibujaba entonces con su pelo paisajes, guiada por los pespuntes de mi vello erizado.
María nunca me puso precio, no me pedía nada, parecía complacida con mi contento. Le auguré un futuro prometedor como masajista.

V

La puerta a la auto-exploración se abrió el día en que la longitud de mi cabello alcanzó mi pabellón auditivo. Me regalé momentos únicos, alejándome más conforme mi cola dimensionaba. Sucumbí ante mi mismo, encontrando e incidiendo en los puntos cardinales de mi pequeño cuerpo que yo sólo conocía.
-¡Qué barbaridad la cantidad de puntos “g” de guay, ocultos en los más insospechados rincones.!

Recuerdo perfectamente como años después encontré otros placeres nada despreciables que me hicieron y me hacen muy feliz, pero no puedo negar que mi obsesión por las cosquillas no tenía límites, mi piel demandaba cada vez más y más estímulos, no podía parar, sabía que podía encontrar algo más.

Cuando cumplí dieciocho, me encerré en la biblioteca obcecado con la idea de que esto no podía ser algo único que sólo me afectara a mi, debió de haber alguien antes que yo con las mismas necesidades, buscaría su rastro en la historia.

Estudié, digo si estudié, diez años entre libros, a veces de forma autodidacta y otras utilizando los recursos que consideré oportunos, (enamorar a una especialista en lenguas muertas, entre clase y clase nos dimos al amor en todas sus posturas, acabó dejándome por un estilizado coucher que ejercía también de entrenador personal).

Aparte del uso malintencionado de ésta, para mí, ciencia-arte, no encontré nada revelador. Cosquillas para torturar, ¡habráse visto!. En ese instante tomé la segunda decisión importante de mi vida, no pararía hasta encontrar ese algo que todavía no sabía como denominar y que me llevaría hasta el nirvana sin necesidad de meditación. Por cierto, mi primera decisión importante medía un par de metros, aparte de los picores, me estaba ocasionando contracturas de cuello, cierto es también, que nunca tuve un volumen excesivo de cabello y su grosor era más bien escaso, lo que hizo la cosa más llevadera.

Decidí viajar, sumergirme y bucear a pie de piedra. Comencé por las cuevas de Altamira, nunca se sabe dónde puede estar la verdad que buscamos. Anotaba todo lo que me parecía curioso o aplicable a lo que comenzaba a tomar forma en mi cabeza. Así seguí, continente a continente, dedicando los siguientes diez años de mi vida a la localización de artilugios o mecanismos que fueran capaces de alterar al espíritu más hermético.

VI

Apenas me di cuenta la había acabado. El tiempo transcurre muy rápido cuando andas absorto en un proyecto del que estás prendido, y ese era mi caso. La contemplé panorámicamente, era perfecta, estaba seguro, como también lo estaba de que no existía nada parecido.
Me tumbé en mi cama, donde había decidido montar mi artefacto y la puse en funcionamiento. El marco deslizante compuesto por diferentes brazos articulados con cabezales dotados de objetos de difícil descripción se aproximaba a mi cuerpo apenas cubierto con unos gayumbos de estreno para la ocasión. A intervalos regulares de tiempo en unas zonas e irregulares en otras, la máquina movía de forma acompasada los terminales generando unas vibraciones que se dejaban notar por todo mi cuerpo.
-¡Siiii, era perfecto!. Lo había conseguido.
Me sentí feliz, embriagado por las sensaciones que me producían los cientos de plumas seleccionadas que dotaban a la segunda pasada de una perfecta armonía. Imposible no estremecerse.
Pasé días enteros sin levantarme de la cama, apenas comía, no necesitaba nada, más allá de las caricias que mi máquina me proporcionaba. Tuve que ingeniarme un método para evitar las visitas al retrete, pero esto no fue difícil. No encontraba razón alguna para abandonar mi estado de majestuosa complacencia. Era feliz, o al menos eso creía yo.
El día que mi madre pasó a visitarme preocupada porque no contestaba a sus llamadas fue el punto de inflexión de mi disparate. La vi palidecer, su cara de asombro, miedo, sorpresa no tenía nombre.
-¡Gonzaloooooooo que narices haces ahí, chalaooooo!. – gritó con una mezcla de miedo y rabia.
Apenas pude contestar, me tomó del brazo como cuando era pequeño y me zarandeó intentando que volviera en sí. Cuando ella me abrazó fuerte, tanto que pensé que moriría asfixiado allí mismo, lo entendí todo. Noté su calor, su ternura, el olor que desprendía y que yo tanto amaba, vi pasar mi vida en un instante por mi cabeza. Recordé el día en que nací, la sensación tan agradable que la cobija de mi madre me proporcionaba, sus pechos a los que me aferraba, volvieron a mí los recuerdos de los primeros años de mi vida, esos que creía perdidos, pero que estaban ahí guardados como tesoros. Días donde mi madre me pertenecía por completo, donde me acariciaba haciéndome sentir el amor más grande. Volvieron a mi cabeza las tardes en el jardín revolcándonos en la hierba, el cielo azul y sus ojos mirándome fijos, llenos de ternura.
Cuando nos separamos, la contemplé de nuevo, su rostro ya no era el mismo pero sus ojos si, su aroma había regresado, la envolvía y yo solo quería estar con ella a su lado. Me sonrió y me dijo:
-¡Pero mira que eres tonto Gonzalo!, nunca nada ni nadie podrá acariciarte como yo, porque cada gesto de mi mano te traslada todo el amor que te tengo. Rompí a llorar y ella volvió a acariciarme como cuando era pequeño, musitando las nanas de mi infancia.
-A la nanita nana, nanita eaaa, mi Gonzalo tiene sueño, bendito sea…

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A mi niña María por hacerme contarle historias, cuentos, disparates casi todas las noches. A ella le debo esta recién estrenada afición por la escritura.
A mi niño Gonzalo, por casi obligarme a que le haga cosquillas a cada instante, levantándose la camiseta para que tras los brazos y la cara le recorriera la espalda.
Os quiero.